En Francia, el formato ha sido adquirido
por Borsalino Films, con el fin de producir una adaptación para Francia y
los países francófonos.
En el resto de países mencionados se han
abierto negociaciones con diferentes productoras que pretenden también
adaptar el formato a la realidad concreta de cada uno de esos
territorios.
Producida por RTVE en colaboración con
Morena Films, ‘Diarios de la cuarentena’ quiere mostrar en capítulos de
30 minutos la complejidad de la convivencia cuando se enfrenta a
situaciones límite. La serie es una idea original de Álvaro Longoria y
los directores y guionistas de la versión de España son Álvaro
Fernández-Armero y David Marqués.
Elia Barceló: “Vivimos en un delicadísimo equilibrio entre el pasado y el futuro”,.
Un viejo refrán inglés abre la nueva novela publicada de
Elia Barceló (Elda, Alicante, 1957): «Los viejos pecados proyectan largas sombras».
Las largas sombras
se reeditó el pasado mes de mayo en su actual casa, Roca, tras una
efímera primera vida en la editorial Ámbar en el año 2009. En la
práctica estamos ante una novedad tras el éxito de
El color del silencio. Esta novela emocional disfrazada de
thriller
retrata las décadas vividas en España desde el verano de 1974 hasta la
burbuja inmobiliaria de principios del siglo XXI a través de un grupo de
amigas.
Esta aventura narrativa sirve de excusa para entrevistar a esta mujer llena de luz que eclipsa la
salada claridad
de la Tacita de Plata. Ha venido a Cádiz para pasar unos días, dejando
atrás Innsbruck, la capital del estado tirolés donde vive desde 1981, y
la dura promoción de su trabajo. Pero uno cambia de país y de ciudad,
pero no “de vida y costumbres”, como dijo el Buscón de Quevedo, y Elia
Barceló mira al mar desde la balaustrada de la Alameda, junto a una
farola de forja, con ideas atronadoras en su cabeza para sus próximos
libros. Hemos quedado en este jardín abierto al Atlántico donde florecen
las rojas buganvillas y los laureles de indias. La monotonía machadiana
de una fuente con fondo de azulejos azules sobrevuela nuestra
conversión. Esta paz tiene algo de perdón. De revelación.
—“En
lo que cuento siempre hay un misterio que desvelar, un secreto que al
final se descubre, unos comportamientos que se entienden cuando se
cierra la novela”, me dijo en una entrevista que le hice cuatro años
atrás. Las largas sombras es un buen ejemplo de ello, ¿no?
—Sí, creo que
Las largas sombras
es uno de los mejores ejemplos, pero eso es algo habitual en mis
novelas. Yo siento el mundo y las personas como un tremendo misterio en
el que tengo que profundizar para poder comprenderlo. Me pregunto
constantemente el porqué de las actitudes, las acciones y las palabras
de los demás y trato de entender por qué son como son y hacen lo que
hacen. Cuando una se acostumbra a eso, las historias surgen casi sin que
las busques porque tu mente te suministra posibles respuestas. Por eso
en mis novelas sucede con frecuencia que el lector asiste a
comportamientos o actos que no acaba de entender y solo a lo largo de la
lectura irá comprendiendo.
—Sus novelas también están llenas de sentimiento.
—La
mayor parte de los comportamientos humanos se deben a los sentimientos.
Hay personas, pocas, pero las hay, que se guían más por su intelecto,
pero la mayor parte de nosotros hacemos lo que hacemos a partir de un
sentimiento: amor, deseo, culpa, envidia, ambición, venganza…
"Lo que muchos años atrás parecía fundamental en la vida, el trabajo, por ejemplo, se desdibuja con la edad"
—La presencia de una potente historia de amor es una característica común en prácticamente todos sus libros.
—Estoy
convencida de que el amor o la falta de amor es determinante en nuestro
comportamiento. El amor es el gran motor de todo lo que existe y por
eso las historias de mis novelas siempre se sustentan en un amor, pero
cuando digo “amor” no me refiero necesariamente a una relación de pareja
o de sexo, sino al gran complejo de sentimientos que giran en torno al
amar y ser amado (apreciado, despreciado, humillado, admirado…). Cuando
uno, en confianza y con tiempo, habla con una persona muy anciana y le
permite contar momentos importantes de su pasado, cosa que yo hago con
frecuencia, llama la atención que todo el mundo acaba hablando de una
historia de amor, tanto si fue feliz como si se frustró. Lo que muchos
años atrás parecía fundamental en la vida, el trabajo, por ejemplo, se
desdibuja con la edad y a veces les resulta incluso un poco ridículo eso
de haber pasado tantos y tantos años preocupado y angustiado por
cuestiones laborales. Lo que permanece es el amor, el recuerdo del amor,
tanto si es una relación de pareja como si se trata del amor por los
padres, por los hijos, por un buen amigo o amiga, por un pedazo de
tierra, por un animal, por el mar…
—El
pasado gravita siempre sobre nosotros y condiciona nuestra vida, según
parece entreverse en algunas de sus novelas, de modo que sus historias
se balancean entre el presente y el tiempo pretérito que se trata de
indagar.
—Yo soy terriblemente
consciente de que somos seres de tiempo, que vivimos en un delicadísimo
equilibrio entre el pasado y el futuro, aunque lo único que de verdad
tenemos en cada instante es el presente. No puedo evitar sentir
constantemente que el pasado existe y condiciona mi presente actual, y
que, mucho peor, va a condicionar mi futuro por mucho que me esfuerce en
dar en el presente los pasos necesarios para acercarme a lo que
pretendo de mi futuro. Cuando una vive de este modo –hipercronía, lo ha
bautizado mi marido– no puede evitar que sea un elemento fundamental en
cualquier historia, en cualquier novela. Cuando T.S. Elliot dice en
Burnt Norton
que “el tiempo presente y el tiempo pasado son ambos quizá presente en
el tiempo futuro y el tiempo futuro está contenido en el tiempo pasado”
siento que es tan verdad que da escalofríos.
—Y usted lo trata de demostrar…
—Sí,
así es. Intento demostrar cómo lo que sucedió en el pasado ha marcado
lo que estamos viviendo ahora y marcará también nuestro futuro si no
hacemos algo para mejorarlo aunque sea solo un poco. Hay que conocer la
historia —la privada y la pública—, desde todos los puntos de vista
posibles, para saber quiénes somos, por qué somos así, por qué
reaccionamos de una cierta forma. La historia es muy manipulable y
depende de quién la narre y con qué intenciones. En una novela, por
ejemplo, un personaje puede haber sido marcado por ser el último de tres
hijos varones, por haber sido chico cuando sus padres esperaban una
niña, por haber sido educado siempre como “el pequeño” de la casa, por
la comparación constante entre los otros hermanos más fuertes e
inteligentes (porque eran bastante mayores que él). Todo eso es algo que
determinará su futuro y le costará mucho superar, si lo consigue. A
veces, el origen del comportamiento de un político sin escrúpulos,
pongamos por caso, hay que buscarlo en esa necesidad de demostrar a los
otros dos hermanos y a los padres que ya no es el niño no del todo
deseado, el pequeño, el débil… que ahora está por encima y manda él.
"El
pasado es testarudo, se cuela en las formulaciones, en las medias
palabras, en lo que uno ha oído comentar en su infancia sin entenderlo
del todo..."
—Casi todas las familias encierran secretos.
—Si
no hablamos de secretos terribles, de asesinatos y otros crímenes de
sangre, estoy segura de que todas las familias tienen sus secretos,
cosas de las que no se habla nunca. Cosas como “por qué no nos hablamos
con esa rama de la familia”, o “lo que el tío Paco le hizo a la tía
Elisa”, cosas como abortos, accidentes que pudieron haberse evitado,
cosas que sucedieron durante la guerra y siguen siendo demasiado
dolorosas o humillantes para confesarlas (tanto de un lado como de
otro), maniobras económicas no del todo limpias, cuestiones de
herencias… Todas las familias tienen su lado oscuro y la mayoría piensa
que si no se habla de todo aquello, antes o después desaparece. Pero no
es verdad. El pasado es testarudo, se cuela en las formulaciones, en las
medias palabras, en lo que uno ha oído comentar en su infancia sin
entenderlo del todo… De todos esos secretos se forma un
compost del que surgen las historias, al menos en mi caso.
—¿Qué nacen antes, las historias o sus personajes?
—Hay
de todo. Algunas veces imagino una historia: una sucesión de
situaciones y conflictos que van en una dirección concreta. En ese caso
los personajes vienen en un segundo paso, cuando me planteo a quién le
ha sucedido todo aquello (porque lo gracioso es que nunca pienso que les
“va a suceder” sino que “les ha sucedido”, como si todo lo que voy a
contar ya hubiese pasado y yo me limito a narrarlo). Otras veces, sin
embargo, cuando estoy haciendo algo mecánico (como planchar o pasar el
aspirador) o caminando por ahí, aparece en mi mente un diálogo o un
monólogo de personajes que no sé quiénes son ni de qué hablan. Los dejo a
su aire y escucho mientras el diálogo se desarrolla en mi interior. Si
me doy cuenta de que tienen una historia que contar, una historia
interesante, empiezo por ahí y busco cuál es.
—Usted
siente placer durante la escritura, pues reconoce que se divierte mucho.
¿Entiende a los escritores que lo pasan mal mientras escriben?
—Entiendo
que de vez en cuando todo trabajo resulta pesado o angustioso. De vez
en cuando. Pero si la escritura es siempre un dolor, una tortura, no
comprendo por qué no cambian de oficio y se dedican a algo que los haga
más felices. Me parece un poco histriónico y bastante arrogante presumir
de cuánto sufren, como si tuviéramos que estarles agradecidos por haber
hecho el sacrificio de entregarnos esa novela en la que va su sangre,
su sudor y sus lágrimas. Yo, personalmente, no necesito secreciones de
nadie. El mundo está lleno de excelentes novelas y estoy segura de que
no pasaría nada si ese señor (o señora) que tanto sufre escribiendo se
hubiera dedicado a otra cosa y se hubiera ahorrado todo ese dolor.
—¡Ayyy, esa herencia judeocristiana del sacrificio y el sufrimiento!
—Y
lo de que sólo tiene mérito lo que duele y cuesta un gran esfuerzo me
parece algo que ya deberíamos ir dejando atrás. Para mí tiene mucho más
mérito lo que surge de la alegría, de las ganas de compartir, de dar,
con naturalidad, con ilusión.
—Con seis o siete años ya contaba historias de viva voz a sus amigas…
—Sí,
me encantaba. Era una época en que casi nadie tenía televisión; muy
pocas casas tenían libros, mis amigas aún no sabían leer o no muy bien…
Yo leía ya sin dificultad, en mi familia había muchos libros, mis
abuelos se habían comprado uno de los primeros televisores del pueblo,
íbamos al cine los domingos, me contaban historias… Todo eso significaba
que yo tenía acceso a muchas ideas que para mis amigas eran nuevas, así
que nos reuníamos en una especie de cobertizo que mi abuela tenía en la
azotea y allí, entre leña y trastos viejos, y teniendo en el regazo los
gatitos que las gatas de la zona parían en un cesto, les contaba todo
tipo de historias, desde la película americana que había visto en el
cine, a las leyendas más truculentas que me contaban mis yayos sacadas
del folclore o de la ópera o del teatro. Pero las que más nos gustaban a
todas eran las de fantasmas y aparecidos y sucesos misteriosos… los
cuentos de miedo mientras se iba haciendo de noche. Luego yo me quedaba
en casa de mi abuela, pero ellas tenían que volver a sus casas por unas
calles donde toda la iluminación pública era una bombilla en mitad de la
calle y otra en cada esquina. Elda era un pueblo tranquilo y no había
peligro, pero de todas formas la oscuridad siempre impresiona y ellas
protestaban y disfrutaban a la vez de aquella sensación de escalofríos.
"Las
historias vienen sin que yo las llame y cada vez son de un tema y un
estilo porque yo no las fuerzo para que se acomoden a un género concreto"
—Le gusta internarse en
territorios diversos, desde la literatura juvenil a la fantástica, con
una variedad de enfoques que solo puede utilizar una escritora total.
—Las
historias vienen sin que yo las llame y cada vez son de un tema y un
estilo porque yo no las fuerzo para que se acomoden a un género
concreto. Me figuro que hay colegas que cuando tienen una idea y son,
por ejemplo, escritores de novela negra, la rechazan si no se ajusta a
los parámetros que necesitan, y siguen pensando. Yo, por suerte, cuando
me enamoro de una historia me pongo alegremente a escribirla porque no
tengo ningún tipo de restricción. Mientras tanto, mi nombre se asocia
precisamente a la versatilidad y mis lectores saben que pueden esperar
cualquier cosa, aunque en términos generales tengo dos líneas básicas:
la fantástica, en la que entra también la ciencia ficción y el terror, y
la realista, de la que surgen novelas como
El color del silencio,
Las largas sombras o
Disfraces terribles.
—Su interés por la ciencia ficción y lo fantástico es notorio.
—Como
lectora, los clásicos de la ciencia ficción y el fantástico al estilo
Poe, Cortázar o Borges fueron mi primer amor; después vino la literatura
de terror, sin desplazar a las anteriores. Más tarde me fui aficionando
también al realismo y a la novela negra. En general, una escribe lo que
lee, lo que le ofrece modelos que le gustaría alcanzar. Posiblemente
por eso yo empecé con el fantástico y la ciencia ficción, algo de
terror, novela histórica, negra y, desde hace unos años, también me he
enamorado de la novela realista de misterios y secretos. Todo tanto para
adultos como para jóvenes.
"Soy europea por encima de todo"
—Ha
sido profesora de literatura hispánica en Innsbruck (Austria) desde
1981. ¿De qué modo su estancia allí ha afectado a su propia obra?
—No
tengo ni idea de cómo habría sido mi obra si me hubiese quedado estos
36 años en España, pero la verdad es que no creo que hubiera sido muy
diferente dados mis intereses literarios, que nunca han estado ligados
al devenir político de un país u otro. Lo que sí me ha influido es
simplemente el tener que estar siempre adaptándome a otras costumbres y
formas de ver el mundo, el tener que vivir en una lengua tan distinta,
que categoriza la realidad de otra manera, la sensación de ser
diferente, extranjera… Todas esas cosas han marcado mi evolución como
persona y han influido seguramente en mi manera de escribir o los temas
que me parecen importantes. De lo que estoy segura es de que ha hecho
que mi talante cosmopolita haya aumentado mucho. Soy europea por encima
de todo. Luego soy mediterránea, europea mediterránea, con un buen toque
de centroeuropea.
—¿Ese cosmopolitismo se refleja en su obra?
—Creo
que mi vocación cosmopolita tiene que ver con varias cosas: en cuanto
aprendí a leer —me enseñó mi madre a los cuatro años— pude empezar a ver
por mí misma que había montones de lugares fuera del pueblo donde yo
vivía; a los seis años, mi abuelo, que se había criado en Francia,
empezó a enseñarme francés y, con ello, comprendí muy pronto que en esos
otros lugares la gente a veces hablaba en otras lenguas y hacía las
mismas cosas que nosotros pero de otra forma. Mi padre me aficionó a la
ciencia ficción desde muy jovencita y, a través de las novelas que
teníamos en casa y las que había en la biblioteca municipal, fui
ampliando el territorio de mi imaginación. También leía tebeos, unos
“para chicas” y otros “para chicos”, en los que los y las protagonistas
viajaban a lugares exóticos y encontraban amigos y aliados de todas las
etnias y nacionalidades. Me enamoré de los indios de las praderas, de
los piratas del Caribe, de los vikingos de Escandinavia… Con mis
protagonistas viajé a Birmania, a Java, a Japón, a México… Leí sobre
dioses y mitologías de todos los países, empecé a hacer planes para
viajar en cuanto tuviese la edad necesaria, y empecé a aprender inglés,
que era la lengua más necesaria para esos viajes…
"Me
siento ciudadana del mundo y me gustaría que todos pudieran sentir lo
mismo, para vivir en paz y en el puro asombro de la belleza"
—Me sigue resultando increíble el poder de la ficción y de los libros.
—Así
es. Recuerdo que cuando volvía por las noches de la biblioteca, después
de que hubieran apagado las luces a las diez, apretando contra el pecho
los libros que acababa de sacar en préstamo, mi cabeza estaba llena de
viajes y lo que más deseaba era hacerme mayor para salir del pueblo y
ver todas las maravillas del mundo: los templos de Grecia, la torre
Eiffel, los grandes museos de Europa, las ruinas de Roma, Angkor Wat, el
Pan de Azúcar, la Muralla China, los templos tailandeses… Seguramente
por eso mis novelas están impregnadas de ese amor mío por los viajes,
las ciudades por descubrir, los otros países… Claro que amo mi pueblo,
mi provincia, mi país, mi paisaje… pero no me basta con eso, ni creo que
sea superior a ningún otro. Me siento ciudadana del mundo y me gustaría
que todos pudieran sentir lo mismo, para vivir en paz y en el puro
asombro de la belleza.
—Escribir es un oficio muy trabajoso.
—Escribir
es, efectivamente, un oficio, una artesanía que hay que dominar para
tener alguna posibilidad de llegar a ser un artista. Hacen falta un gran
talento de partida, mucha disciplina y muchas, muchísimas horas para
dominar el oficio. Desde ahí, ya no hay tope y una puede intentar llegar
a las estrellas, pero siempre sin mirar por encima del hombro a las
personas que tienen profesiones menos creativas. Todas son muy
necesarias. Supongo que lo que me llevó a escribir fue el amor por las
palabras, por lo que se puede hacer con ellas, y el amor por las
historias. Mis fuentes fueron el cine y las novelas y desde siempre
fueron las dos actividades que más placer me daban, desde muy pequeña.
Luego, poco a poco, empecé a contar mis propias historias, a escribir
textos muy breves para tener la sensación de éxito, de haber conseguido
acabar algo completo, luego a escribir pequeños relatos… hasta que me
animé a intentarlo con una novela. Creo que fue con mi tercera novela
publicada, y después de haber ganado dos premios, cuando empecé a
aceptar para mí misma sin que me pareciera arrogante, que era escritora.
"Pienso
que el arte es una necesidad del ser humano, que es indispensable una
vez que tenemos las necesidades de superviviencia cubiertas"
— No parece tener sacralizado el oficio de escribir.
—No
entiendo esa necesidad que algunas personas parecen sentir de hacer
creer a los demás que el ser capaz de producir arte los hace superiores a
los que no lo hacen o no pueden hacerlo. Yo no sacralizo ni a los
artistas ni a los científicos ni mucho menos a los políticos o a los
líderes religiosos; ni a ellos ni a sus actividades. Pienso que el arte
es una necesidad del ser humano, que es indispensable una vez que
tenemos las necesidades de superviviencia cubiertas (comida, bebida,
calor, seguridad, protección…) y que es algo que nos hace mejores y más
felices, pero eso no significa que haya que sacralizarlo.
—Durante
muchos años, la dispersión de su obra por tantas editoriales pudo
significar un problema para que no fuese usted más conocida por el gran
público. Desde hace un par de años, Roca está editando y reeditando sus
novelas. ¿Qué siente ante esta apuesta tan firme por parte del sello
catalán?
—Siento que por fin he tenido
la suerte de encontrar un hogar literario en el que me siento en casa,
donde puedo ir poniéndome cómoda porque nos entendemos, nos apreciamos y
todos hacemos un buen trabajo, cada uno en lo suyo. Estoy muy
agradecida a Blanca Rosa Roca por haber confiado en mí hasta tal punto y
haberme permitido trabajar con un equipo de primera calidad para hacer
unas novelas estupendas, bellas, bien maquetadas, bien distribuidas,
bien publicitadas, que llegan a miles de lectores en toda España.
—Por cierto, ¿para cuándo está prevista la reedición de su (magnífica) novela Disfraces terribles? Es una novela a la que he vuelto en varias ocasiones y que llevo años recomendando a todo el mundo.
—Pues
en lo que yo sé, primero saldrá la novela en la que estoy trabajando
ahora, que será novedad, y después, mientras yo escribo la siguiente, se
reeditará
Disfraces terribles, que es una de mis novelas
favoritas. Dentro de poco tiempo, por fin, y gracias a Roca, volverá a
estar disponible para el público.
—Vuelve a contar con un trabajo de la artista Lita Cabellut para la sobrecubierta de su novela recién publicada.
—Sí.
Es un auténtico lujo contar con una obra de Lita para la cubierta de
mis novelas. Es una artista que admiro muchísimo y con la que, de una
manera absolutamente sorprendente, coincido en multitud de cosas en
cuestiones artísticas y en opiniones sobre muchos otros temas. Digo que
es sorprendente porque, sin habernos visto nunca hasta hace un par de
meses, al encontrarnos estuvimos charlando como si nos conociéramos de
mucho tiempo e incluso coincidimos —con gran alegría por las dos partes—
en una idea fundamental en la que se inspira el proyecto artístico que
ella está desarrollando en estos momentos y la nueva novela que yo estoy
escribiendo.
"Me gusta leer en varios idiomas y también leer obras que se escribieron hace mucho tiempo y aún tienen mucho que enseñarme"
—¿Qué tipo de lectora es Elia Barceló?
—Omnívora,
voraz, con preferencia por la ficción narrativa de cualquier género,
pero bien aderezada con algún ensayo, algún libro de poemas, alguna obra
de teatro. Me gusta leer en varios idiomas y también leer obras que se
escribieron hace mucho tiempo y aún tienen mucho que enseñarme.
—¿Cuáles son sus autores literarios preferidos, esos a los que siempre se arrima en busca de estímulos?
—Julio
Cortázar, Ursula K. LeGuin, Ray Bradbury, Gonzalo Torrente Ballester,
William Shakespeare, Federico García Lorca, John Fowles, Daphne du
Maurier, Shirley Jackson, Luisa Valenzuela, George Orwell, Stephen King…
Muchos… Y muchos de ellos anglosajones; siento afinidad por ellos y por
su lengua. Muchas veces, al leer autores vivos en español tengo la
sensación de que no son naturales, de que están tratando de que el
lector se dé cuenta de lo serios y lo literarios que son… de que todo es
trabajoso, sin humor, sin ligereza… Eso no me inspira ni me estimula.
—A Julio Cortázar lo ha citado en primer lugar. ¿Qué significa para usted?
—Es
uno de mis grandes maestros, por no decir “El Maestro”. Me siento muy
cercana a su modo de ser y de ver el mundo. Me fascina su forma de
narrar, su capacidad de condensación, su talento para la elisión… Me
refiero sobre todo a sus cuentos, que para mí son lo más grande de su
obra. Le he dedicado mucho tiempo, mucha reflexión, escribí mi tesis
doctoral sobre sus relatos y siempre vuelvo a ellos cuando necesito
recordarme a mí misma que ciertos milagros narrativos se pueden
conseguir.
—¿En qué trabaja ahora?
—Estoy
en el último tercio de una nueva novela bastante compleja de escribir
aunque luego, cuando esté terminada, debería ser muy agradable de leer.
Lo malo es que llevo una temporada de frecuentes viajes y eso me saca de
la maravillosa rutina de escribir todos los días durante varias horas,
que es lo que más me gusta. Tengo empezadas otras, creo que tres o
cuatro más, de distintos géneros, pero no volveré a ellas hasta que
termine esta.