Siguiendo
el rumor de las gaviotas, nos acercamos hacia el Puerto deportivo de
Gijón, uno de los lugares más fotografiados de la ciudad, presidido por
el Monumento a Don Pelayo, delante del Palacio del Conde y Colegiata, en
referencia al Marqués de San Esteban del Mar de Natahoyo y Conde de
Revillagigedo, cuya casa se conoce como Palacio de Revillagigedo, hoy
Centro Internacional de Arte Contemporáneo. En nuestro paseo nos fijamos
en las famosas «letronas», que reproducen a gran escala la marca
turística de la ciudad, hechas en acero macizo de color rojo, con una
altura de más de tres metros y un peso de diez toneladas en total,
inauguradas en 2009 y que fueron donadas y fabricadas sin soldadora por
empresas integradas en la Federación de Empresarios del Metal y Afines
del Principado de Asturias.
La mención al Principado de Asturias lleva a
Pilar Sánchez Vicente a contarnos que sus orígenes tuvieron que ver con
una muestra de vasallaje al rey Enrique III. Para ello, se remonta al
siglo XIV y a la figura de Alfonso Enríquez de Trastámara, conde de
Gijón y con señorío en Noreña, considerado en esa época el noble más
importante del reino. En 1395, tras asaltar la torre de Villaviciosa e
incendiar la ciudad, Enrique III colocó ante Gijón por primera vez un
arma de artillería, una bombarda fabricada en un taller de Burgos.
Desandamos nuestros pasos en busca de una
terraza donde poder realizar la entrevista a la escritora, pero antes
pasamos por la que se llamaba Calle de los Recogidos y hoy es el
tránsito conocido como Travesía de Atocha. En realidad, el nombre de la
rúa viene del término «La Tocha», posiblemente un apodo del que ha
derivado «Atocha». Parece que nos adentramos en uno de los rincones
ocultos del Gijón más turístico, pues apreciamos las calles estrechas y
las casas bajas, con galerías de madera que, según Pilar Sánchez,
«tienen el sabor de la zona pesquera». Muy cerca de este lugar está el
Callejón de las Fieras, con viviendas obreras tipo ciudadelas, cuyo
nombre se debe a un informe municipal de 1904 en el que se decía que «el
ayuntamiento no puede consentir de modo alguno que aquellos vecinos
sigan exponiendo su salud y hasta su vida en locales que mejor parecen
cuevas de fieras que habitaciones para humanos».
Nuestro recorrido a pie por Cimadevilla
termina en la terraza de una sidrería en la Plaza de la Corrada, llamada
así porque en ella tenían lugar corridas de toros. Junto con Pilar y
antes de iniciar la entrevista, brindamos por la Literatura, por las
Blogueras y por las Escritoras y, a continuación, iniciamos nuestra
distendida conversación. Empezamos por el final, pues antes de la
entrevista, la autora nos dedica el libro Mujeres errantes, con un ex
libris muy personal, ideado expresamente por la escritora para esta
obra, y en el que hemos de encontrar, en el diseño del mar, las letras
que forman nuestros nombres.
Estamos listas para entrevistarla y
comenzamos presentándola ante la atenta mirada de ella misma que se
muestra encantada con esta introducción: Pilar Sánchez Vicente es
historiadora de formación, trabaja como archivera del Tribunal superior
de justicia de Asturias, ha sido guionista y presentadora de televisión,
además de autora de numerosos artículos y publicaciones relacionados
con la historia, la memoria, la identidad o el poder de las mujeres. Ha
escrito nueve novelas: Comadres (2001), La Diosa contra Roma (2008),
Operación Dracul (2010), Mujeres errantes (2018), Gontrodo, la hija de
la luna (2019), Luciérnagas en la memoria (2019), La muerte es mía
(2020), Sangre en la Cuenca (2021) y La hija de las mareas, de reciente
publicación, y el cómic titulado El fantásticu viaxe de Selene (2015).
Dentro de la no ficción ha escrito obras como Breve historia de Asturias
(2006).
- Pilar, ¿eres un compendio de todas tus facetas?
Yo
creo que a lo largo de la vida vamos creciendo. No podría ser lo uno
sin lo otro, o tal vez no soy nada al ser todo lo que acabáis de
mencionar porque no te especializas en nada. El marco de todo esto me lo
da la Historia y también el tener un armario construido, que es mi
cabeza, para almacenar e interpretar todos los datos en mi memoria. Lo
que me sirve mucho es ser profesional de la información, acostumbrada
como estoy a tratar y cribar lo que es falso. Ello, además, me permite
acceder a fuentes que otros no pueden tener fácilmente. Mi profesión y
mi formación se complementan.
- ¿Cuándo decidiste adentrarte en la escritura?
En
mi página web hay un artículo titulado Genio y figura, primer cuento
que escribí con 11 años. Ahí ya «se me vio venir». Luego escribía como
«las mercenarias de la pluma», es decir, por encargo. En 2001, tarde
para iniciarme como escritora, pero harta de escribir para los demás,
fue cuando decidí rescatar Comadres, que estaba en un cajón, y esa fue
mi primera novela. A partir de ahí le cogí «el gustillo» y hasta hoy.
- ¿En los recuerdos de tu infancia está la abuela Genara que aparece en tu novela Mujeres errantes?
Genara
era una tía-abuela, llamada en realidad María Valentina, que vivió con
nosotros mucho tiempo y con la que pasaba los veranos en Hospital de
Órbigo, en León. Cuando volví al pueblo, siendo ya adulta, la casa de
veraneo, que yo recordaba muy grande, en comparación con el piso en el
que vivía en Gijón, me pareció muy pequeña. Fue curioso darme cuenta de
las cosas y realidades que dimensionamos cuando somos niños. Escribí
muchísimo durante esos veranos de la infancia.
- ¿Es más complicado escribir desde Gijón que desde Madrid o Barcelona, por ejemplo?
Ser
una escritora de provincias, alejada de los grandes centros neurálgicos
de la escritura, y el hecho de no tener agente literario tal vez me
hagan ser una escritora atípica. Las redes sociales facilitan mucho la
tarea, eso sí.
- «Narradora de la genealogía»,
creas historias con un claro protagonismo de mujeres anónimas a las que
das voz, ¿sigue siendo necesaria esa mirada en nuestra literatura en la
actualidad?
Me gusta más
considerarme una «narradora de la genealogía feminista» y, por supuesto,
que es necesario dar voz a mujeres anónimas. Las estadísticas nos dicen
que las mujeres somos un colectivo muy dañado por la diferencia, por el
lenguaje discriminatorio, como si estuviéramos aún en la Edad de
Hierro. Yo reivindico el feminismo desde la trinchera literaria: cada
una puede reivindicarlo desde su propia trinchera o parcela de realidad:
el trabajo, el teatro, la cocina…, con cualquiera de las trincheras
propias podemos cambiar el mundo. Lo que procuro en las novelas, más que
contar historias, es abrir puertas a la curiosidad y a la imaginación.
- ¿Cómo es el proceso de escritura de cualquiera de tus novelas?
Cuando
empiezo una novela, lo tengo muy definido. Arranco con un Excel y tengo
protagonista, principio, final y trama. Escribo la novela y lo que hago
es «engordarla» internamente. Comadres la tenía terminada en treinta
folios, Mujeres errantes tenía ciento y pico folios y la última, La hija
de las mareas, trescientos y pico folios… Mi proceso de escritura tiene
tres fases bien diferenciadas: una vez que la idea la tengo definida,
el primer año es el de la documentación (películas, música, informes,
estudios, tesis, novelas que me sirvan como inmersión en la época,
etc.). El segundo año es el del «vomitorium»: las historias van sueltas;
un instante que tenía un renglón, de repente, tiene su propia historia.
El tercer año es el verdaderamente importante, pues lo dedico a
escribir con la goma de borrar, es decir, es el año de quitar. Antes de
enviárselo a la editora procuro borrar y pulir el léxico como ciertos
«modismos playos» del tipo «picar a la puerta», como se dice aquí, pero
que he tenido que suprimir por «llamar a la puerta». Ello le quita algo a
la escritura, pero no puedes poner piedras u obstáculos a la lectura
porque esta ha de ser fluida.
- ¿Cómo es el proceso de documentación de cualquiera de tus novelas, de Mujeres errantes, por ejemplo?
«En
el pecado llevarás la penitencia». En Mujeres errantes tenía
documentación oral que es mucho más complicada de transcribir y plasmar
que cuando la documentación es escrita, sea en papel o de forma digital.
Escuché catorce horas de grabación de audio de la Tarabica y de Chelo
la Mulata. Fue muy difícil recoger todo lo que decían por la verdad de
sus palabras, por ser tal la cantidad de información viva que
transmitían que anulaba cualquier otro tipo de historia que no fuera la
transcrita. Busqué un personaje fuerte, que es el de Greta, para que
ellas no la anularan. Sus vidas son parecidas, una con formación y la
otra sin ella, pero, sin embargo, ambas acaban dependiendo de un hombre
que las maltrata. ¡Qué mayor felicidad que encontrar la aceptación de
una misma en soledad!
- ¿La identidad y la memoria son constantes en tus novelas?
Sí,
ambas son muy importantes. Saramago decía: «somos la memoria que
tenemos y la responsabilidad que asumimos. Sin memoria no existimos y
sin responsabilidad quizá no merezcamos existir». Efectivamente, estoy
de acuerdo con esta afirmación. Vuelvo nuevamente a la genealogía
feminista de la que hablábamos antes.
- ¿Cómo lo haces para narrar desde diferentes voces y en distintos planos temporales?
En
Mujeres errantes, por ejemplo, necesité crear al personaje de Gaspar
García Laviana y llevar la narración hacia Nicaragua porque me di cuenta
de que la Chata me «comía» la historia, al igual que Greta. ¿Cómo
imbricarlas, además, en la trama? Eso lo encontré en el Padre Gaspar, el
Ché asturiano, un personaje anulado por el poder. Por otro lado,
construir historias en diversos planos me permite contar muchas cosas
que, en un mismo planto temporal, no sería posible.
- En relación con esto que
comentas, ¿qué supone que alejes tus novelas de Gijón y te vayas, por
ejemplo, a la Isla de Ometepe, en Nicaragua, o a Suiza, como se aprecia
en Mujeres errantes?
El mundo es
tan pequeño que a la vez lo convierte en inmenso. La Humanidad se mueve
tanto que, en mis novelas, precisamente para luchar desde las
trincheras, las tramas tienen que viajar para abrir los ojos a los
lectores. Solo viajar quita la ignorancia. Literariamente es muy rico y
hago trabajo de campo, me quedo con la esencia de los lugares que he
visitado para utilizarlo en mis escritos. Cuando lo escribo no me fijo
en ello realmente, pero luego me alegra que lectores como vosotras os
deis cuenta de ello.
- «Sexo, drogas y rock and roll», ¿no?
(Risas).
Mi padre siempre decía que en las novelas debía meter algo de sexo para
vender, aunque para él el sexo se limitaba a dar un beso. En realidad,
mi padre es el personaje de Guillermo Expósito de Mujeres errantes. Y
mucho de lo que narro en la novela son anécdotas que oí contar durante
toda mi vida.
- En Mujeres errantes leemos que «Cimavilla era un paraíso. Cimavilla Paradise». ¿Ese iba a ser su título original?
Sí, pero la editorial me hizo cambiarlo por otro y de ahí surgió Mujeres errantes. Y fue todo un acierto.
- ¿La muerte sigue siendo un tema tabú?
Esta
sociedad sigue siendo muy hipócrita y la muerte, como otros temas,
sigue siendo un tema tabú. Me tocó vivir de forma muy directa la muerte a
través de experiencias tremendas. No se puede hablar del suicidio, por
ejemplo, cuando hay diez muertes diarias, por temor al efecto llamada,
pero hay páginas en internet en las que se tutela, licita o promociona
el suicidio. No sabemos convivir con la muerte porque vivimos en una
sociedad en la que parecemos eternamente jóvenes y permanentemente
eternos, gracias al lobby farmacéutico. La vida digna es lo que hemos de
salvar.
- ¿Prefieres no encasillar tus novelas en subgéneros: histórica, negra…?
En
el caso de las históricas, doy todo a una época en una novela y no
puedo volver a contar algo sobre ese periodo histórico. La novela negra
es una válvula de escape, con esquemas muy fijos, fáciles de crear para
mí. De hecho, entre cada novela histórica que escribo, leo novela negra
porque me sirve para resetear. Mi idea es continuar Operación Dracul,
nombre de un socio de Ceaucescu, como una colección de bolsillo, pues en
el momento de su publicación estaba en pleno éxito la saga Crepúsculo,
de Sthephanie Meyer, y mi novela no tiene nada que ver con esa saga
porque de lo que hablo en la obra es sobre la prostitución en Rumanía.
- ¿Es fácil dar un final a las historias?
Sí, con matices. Encontrarte contigo mismo siempre es un final feliz.
- ¿Son tiempos difíciles para la escritura?
Por
paradójico que parezca, el confinamiento me vino fenomenal para
escribir durante diez o doce horas al día y terminar La hija de las
mareas. Soy una persona muy vitalista: vivo lo bueno y me olvido de lo
malo rápidamente porque para lo poco que vivimos… Además, me encanta la
toma de contacto directo con mis lectores y conocer cómo crece la novela
en ellos.
La tarde languidece y damos por finalizadas
la ruta literaria y la entrevista a Pilar Sánchez Vicente. Le
agradecemos su guía y sus palabras por el Gijón actual, pero también por
el que recuerda a siglos pasados. Invitamos a los lectores de
leonoticias.com a seguir nuestros pasos, a redescubrir la ciudad «sin
miedo. Sin rumbo. Sin freno», como una «huida hacia delante» y a
seguirnos en nuestro blog latintaentretusdedos.com y en redes sociales
(@tintaentusdedos).
- Mujeres errantes. Pilar Sánchez Vicente. Editorial Roca. Barcelona. 2018. 365 páginas.