miércoles, 8 de abril de 2026

EL SILENCIO POR FAVOR - DESAYUNO -CENA - DOMINGO -LUNES - EL ARBOL DE TU VIDA - Martes - 14 - Abril - Antonio Carmona ,. / LUNES - 13 , 20 - Abril - Imprescindibles - Alfredo Landa, la desconocida vida privada del actor más popular ,. / ELLA & - Manos ,. / EL BAR ESQUINA - REVISTA CAMPO - TAPAS Y BARRAS - UN PAIS PARA COMERSELO - PESADILLA EN LA COCINA - Jueves - 9 , 16 - Abril - Morena frita en adobo 'Ricardo el Chori' ,.

 

TITULO:  EL SILENCIO POR FAVOR - DESAYUNO -CENA - DOMINGO -LUNES - EL ARBOL DE TU VIDA - MARTES - 14 - Abril - Antonio Carmona ,. 

EL ARBOL DE TU VIDA - MARTES -  14 - Abril  ,. 

 
 Conducido por Toñi Moreno, el espacio investiga el árbol genealógico de los personajes más queridos de nuestro país. El martes - 
 14 - Abril  a las 22:30 por antena 3, etc.


 EL SILENCIO POR FAVOR - DESAYUNO - CENA - DOMINGO  - Antonio Carmona ,.

 EL SILENCIO POR FAVOR - DESAYUNO - CENA - DOMINGO - Antonio Carmona , fotos,.

 Antonio Carmona,.

 Antonio Carmona: «He vivido en más de veinte casas. No tengo apego a nada  que no sea la familia»

Antonio Carmona: «He vivido en más de veinte casas. No tengo apego a nada que no sea la familia»,.

Granada, 1965. Saco un nuevo disco, 'Baro Drom', que en romaní significa 'Éxodo'. Y el 10 de abril inicio en Valencia una gira por España por mis 20 años de carrera en solitario tras Ketama,. 

 

( Desayuno )

XLSemanal. El disco es muy diferente a los otros. Hay jazz, rap, flamenco, ritmos africanos…

 Tortilla de patata con pimientos. Cremosa y rica, acompañada de unos  pimientos rojos riquísimos. Tenían más variedades pero me decanté por la  clásica. Seguro que gana puntos recién hecha. - Picture of

( Cena )

Antonio Carmona. ¡Es un álbum muy valiente! A mis 60 años me junto con un dúo francés rapero, Bigflo & Oli.

XL. Y canta en francés...

A.C. Eso no me pilla tan mal porque mis hijas han estudiado en el Liceo Francés.

XL. ¿Y se colaba en sus clases para aprenderlo? ¡Ja, ja, ja!

A.C. No, pero cuando volvían a casa me hablaban en francés. Ellas hablan inglés y francés, y a mí eso me ha motivado mucho. Yo no tengo dos hijas gitanas, tengo dos hijas bilingües, ¡ja, ja, ja!

XL. Se le cae la baba con ellas, que también aparecen en este disco.

A.C. Por supuesto, mis hijas siempre están ahí y vienen de gira conmigo. Lucía Fernanda y Marina son dos columnas fundamentales en Baro Drom.

«Soy el 'Thriller' de los flamencos: unos mueren y otros resucitamos»

XL. Tiene pinta de haber sido 'padre ausente', de los que luego consienten...

A.C. He sido padre ausente igual que lo fue mi padre. Alguna vez, cuando volvía a casa, mis hijas me llamaban 'tío'... [ríe]. Estoy muy orgulloso de ellas, pero creo que les he dado demasiado de todo. Lo que no pienso ser es 'abuelo ausente': ¡Eso no! (Tiene un nieto de 2 años).

XL. Su gira nacional terminará en el Teatro La Latina de Madrid a final de diciembre.

A.C. Exacto, es una celebración de dos décadas de soledad.

XL. ¿De soledad, usted? Si lleva a cuestas siempre a toda la familia: mujer, hijas, tío, sobrino…

A.C. Eso es lo que tú te crees. Luego están las mil horas de estudio y ahí no tienes a nadie, porque se aburren de escuchar todo el rato lo mismo. El estudio es lo más solitario que hay, pero al final te da muchas satisfacciones.

XL. Baro Drom ('Éxodo')… porque ha vivido, entre otras cosas, en más de veinte casas. ¿Se lo ha hecho mirar?

A.C. Somos gitanos, no tenemos apego por nada que no sea la familia. Solo en Miami viví cuatro años en cinco casas diferentes [ríe].

XL. Pues solo por no hacer la mudanza…

A.C. Es que yo no la hago, la hace siempre Mariola (Orellana), yo no me ocupo de nada. Llevo 33 años con la misma mujer y eso hoy día es mucho [sonríe].

XL. Hace años superó una complicada septicemia y dice que desde entonces su fe ha aumentado. ¿Pertenece a la Iglesia evangélica?

A.C. Soy el Thriller de los flamencos: unos mueren y otros resucitamos, soy más Jesucristo que otra cosa [ríe]. Me he criado en la fe de mi casa: soy evangelista, sí. 

 

TITULO:  Lunes - 13 , 20 - Abril   -   Imprescindibles -  Alfredo Landa, la desconocida vida privada del actor más popular   ,.    


LUNES - 13 , 20 - Abril  - Imprescindibles  -  Alfredo Landa, la desconocida vida privada del actor más popular ,. 
 
Imprescindibles, serie de documentales sobre los personajes más destacados de la cultura española del siglo XX cada semana en La 2, el lunes - 13 , 20 - Abril  , fotos,.
 
 Alfredo Landa, la desconocida vida privada del actor más popular,.
 
 Ningún otro actor en el mundo tiene un género entero con su nombre: el landismo. Ante el estreno de un documental y la reedición de sus memorias, familiares y amigos de Alfredo Landa revelan la intimidad del hombre que retrató como nadie al españolito medio... con un talento superior. 
 
 

Una palabra repite Alfredo Landa Imaz cuando habla de su padre: 'muy'. La dispara ametrallada tres, cuatro, hasta cinco veces en ocasiones, para reforzar adjetivos como divertido, honesto, cariñoso... Brillan sus ojos al recordar al padre, pero también al actor más popular que ha dado este país: ganador de dos Goya, del premio gordo en Cannes y el único intérprete en la historia del cine cuyo apellido da nombre a todo un género.

El landismo, término peyorativo acuñado por la intelligentsia cinéfila en el tardofranquismo, define en realidad toda una época del cine español marcado por un tipo de protagonista reprimido, machista, babeante ante las mujeres, patoso y algo ridículo. A Landa, que jamás renegó de ello, le proporcionó una popularidad sin parangón que, entre 1964 y 1976, le permitió rodar 80 películas, sin dejar de hacer, además, teatro y televisión. Al éxito, sin embargo, lo acompañó el desprecio de cinéfilos y críticos, con ataques tan feroces –«A ese bajito cejijunto hay que echarlo de España», es un ejemplo– que, según reveló el actor, fallecido el 9 de mayo de 2013, hicieron llorar a doña Emilia, su adorada madre.

Empezar con buen pie. Landa comenzó ganándose la vida como doblador, pero en cuanto consiguió su primer papel en el teatro y empezó a llamar la atención y ya nunca le faltó trabajo en teatro, televisión y cine. Izda: en los años 60. Dcha., en 1993.

En total, Landa, que consiguió desprenderse de la etiqueta a base de interpretaciones de un calado emocional al alcance de pocos, hizo más de 130 películas. Un currículo al que solo le faltaba un remate en forma de documental. Landa (estreno en cines el 17 de abril) cubre ahora ese vacío. «Nos pareció increíble que no se hubiera hecho nunca uno sobre Landa», reivindican sus autores, Miguel Olid y Gracia Querejeta, cuyo padre, el productor y exjugador de la Real Sociedad Elías Querejeta, fue amigo del actor.

La película es un recorrido por la obra del actor y el impacto social y cultural de su figura a través de los testimonios de colegas como José Sacristán, Miguel Rellán y Antonio Resines, el productor Enrique Cerezo, el escritor Luis Alegre o dos de los tres hijos de Landa. Uno de ellos, Alfredo, de 60 años, se anima a charlar con XLSemanal sobre asuntos más íntimos y familiares, aprovechando, además, la reedición esta misma semana de Alfredo el Grande. Vida de un cómico, las memorias de su padre escritas por Marcos Ordóñez.

De sus amigos, para empezar, señala su hijo el aprecio por José Sacristán y José Luis Garci. «Del cine, fueron los dos a quienes más vimos en casa. Se profesaban una admiración mutua». Sacristán, «del que hablaba en términos de hermano», fue su gran compañero de viaje desde 1960, cuando coincidieron en El cenador, una obra de Alec Coppel, coguionista de la hitchcockiana Vértigo. Recuerda Sacristán que a Landa lo ficharon tras haber sido alabado en las páginas del diario El Alcázar por su papel en la comedia teatral Nacida ayer.

Este éxito le proporcionó al actor un representante, Lorenzo García Iglesias –«estuvo con él toda su carrera», subraya su hijo–, y una inédita posición negociadora. Por hacer El cenador le ofrecían 75 pesetas, como al debutante Sacristán, pero Landa se plantó –«me puse chulo», subrayó en sus memorias– y consiguió 115. A partir de ahí nunca le faltaron ofertas.

«Mi padre trabajaba a un ritmo de locos cuando éramos niños. A mi hermana mayor sólo le vio los ojos a los seis meses porque siempre que pasaba por casa la pillaba dormida»

«Mi padre trabajó a un ritmo de locos cuando éramos niños –señala su hijo–. Hasta ocho películas por año hizo, además de televisión y teatro con doble función. Únicamente descansaba el domingo por la mañana. A Idoia, mi hermana mayor, de hecho, solo le vio los ojos a los seis meses. Siempre que pasaba por casa la pillaba dormida».

A pesar del ajetreo, constante a lo largo de la década que dio lugar al landismo, su hijo no recuerda a un padre ausente. «No sé cómo, pero se las arregló para estar muy presente. Íbamos a la playa, en San Sebastián, en cuanto podía. Muchas veces, con los tres ya dormidos, llegaba y nos despertaba con la guitarra. Empezábamos a cantar la copla Cocidito madrileño y a saltar sobre la cama. Y mi madre, enfadadísima: '¡Que me los vas a desvelar!'. Era muy cariñoso, nos quería mucho».

En el cuarto de estar de su casa, Landa escuchaba rancheras y corridos mexicanos, jotas navarras y clásicos vocales de los cuarenta y cincuenta como Nat King Cole, Sinatra o Isley Brothers. Allí también, rememora su hijo, se estudiaba los guiones por la noche hasta aprendérselos enteros, no solo sus frases. «Era un superdotado. Igual la memoria le vino por genética, pero su capacidad de trabajo marcaba la diferencia. Era ave nocturna. Muchas veces le daba el alba sin darse cuenta».

Apostarlo todo al 3

Nacido en Pamplona el 3 del 3 del 33 (vivió, además, en el portal 3, piso 3.º de la calle comandante Franco; tuvo 3 hijos, debutó en el cine con Atraco a las 3...), Landa era el único hijo de Alfredo Landa, un oficial de la Guardia Civil que, cuando su hijo tenía 3 años, se alistó en el bando nacional. Su madre, Emilia Areta, se llevó entonces al pequeño a Aribe, en el Pirineo navarro. «En casa, mi padre nunca habló mucho de la guerra ni del abuelo –revela el hijo del actor–. Murió antes de que mis padres se casaran, así que no lo conocimos».

Esquivar a los curas. Para su familia, «navarrísima», subrayaba él, siempre fue 'Alfredico'. Los maristas de Pamplona, en cuyo colegio estudió, intentaron que fuera al seminario, pero él esquivó sus maniobras. Aun así, tan cercano se sentía a Dios que, como si fuese un amigo, lo llamaba 'Manolo'.

En sus memorias, Landa habló de su padre como nunca lo había hecho en su casa. «Jamás me puso la mano encima. Le bastaba una mirada para dejarme clavado en el sitio. Yo quería mucho más a mi madre. Mientras vivió, nunca supe la huella que le había dejado la guerra ni lo mucho que le pesaba su profesión. Eso no quita para que, cuando tocaba, cumpliera como el que más. Poseía cualidades extraordinarias que entonces no supe apreciar».

Tras la guerra tuvo distintos destinos en Navarra y Girona. En Figueras, donde más tiempo pasó, 'Alfredico' hizo su debut sobre las tablas, «con 9 o 10 años», en el papel de un niño llamado Pepito. «Recuerdo mis cuatro frases. Cuatro trallazos de risa –relató–. Que me verían gracioso, digo yo, porque me dieron una ovación del carajo la vela». Aquel éxito inesperado no llegó a despertar su vocación, pero ejerció como iniciática semilla. Fue, además, un primer contacto con la idea que, años más tarde, guiaría su determinación: «Si vas a estar en escena dos minutos, que en esos dos minutos se fijen en ti por narices». Un principio a partir del cual acuñó dos lemas: «Siempre hay que salir a matar» y «No hay papel pequeño».

De Figueras, la familia se trasladó a Madrid, donde Alfredico, con 12 años, vivió un episodio revelador sobre su padre. «Llegó a casa pálido, descompuesto. Lo habían nombrado jefe de un pelotón de fusilamiento, pero dijo que él no iba a mandar una ejecución. Además, la causa de la condena no le parecía justa. 'Eres militar –repetía mi madre–, no puedes desobedecer, te meterán preso'. Y lo metieron seis meses en un castillo. Al salir, dijo que volvería a hacerlo».

La familia es para siempre. Landa y Maite Imaz, su mujer, se conocieron en un grupo teatral universitario. Tras siete años «paseando cogiditos de la mano» se hicieron novios 'formales'. Se casaron en 1961. Tras criar a sus hijos: Idoia, Alfredo y Aïnhoa, Maite estudió Filología Hispánica y Arábiga, aprendió euskera y colaboró en la Enciclopedia Nacional Vasca.

De Madrid, la familia pasó a Fuenterrabía, aunque al niño lo enviaron con los maristas a Pamplona. Fue la primera separación de su madre. «Yo era un santito, tanto que los maristas me consideraban un firme candidato a vestir los hábitos. No me veía yo ensotanado, pero cumplía las liturgias que daba gusto verme». Rezó y rezó para regresar con sus padres y, tras medio curso fue devuelto, por fin, a San Sebastián, su hogar hasta que, con 25 años, fue a buscarse la vida como actor a Madrid.

Cómo ser muy muy divertido sin contar chistes

En Donosti, Landa vivió el final de una infancia en la que germinaron las claves de su destreza como actor. Para empezar, a pesar de las mudanzas, nunca le costó conectar con los demás. Tampoco fue el típico niño 'payasete'; hacer reír era un reflejo de su forma de ser, no un objetivo. «Mi padre era tremendo –señala su hijo–. Muy muy muy muy muy divertido. Eso sí, no era de contar chistes». Combinaba ese don, añade, con otra manía: observar a los vecinos, tenderos y personajes del barrio, hábito del que extrajo su capacidad para convertir lo cotidiano en algo revelador y mirar de forma compasiva a sus personajes.

Empezó a ir mucho al teatro con su madre, donde descubrió a Paco Martínez Soria -«Cuando yo era un chaval, estaba en plenísima forma. Qué gracia tenía el condenado»-, además de hacerse adicto al cine. En la oscuridad de las salas desentrañó el gran secreto de la comedia de la mano de Cary Grant (su preferido), James Cagney, Jack Lemmon, Walter Matthau... «La actuación no es ritmo, es ritmos, en plural –reflexionaba–. Hay que saber pasar de uno a otro, marcar pausas para arrancar de nuevo a otra velocidad. Los que se limitan a hablar deprisa o a moverse deprisa llevan un solo ritmo, un solo tono, y eso no funciona. Hay que tener compás, siempre les digo eso a los actores jóvenes. Bueno, a los que preguntan, porque la mayoría se creen que lo saben todo y que la interpretación la inventaron ellos. Yo no era así cuando empecé. Yo escuchaba, me fijaba en lo que hacían los mayores, hasta el menor detalle».

El padre de Alfredo Landa era guardia civil. Un día llegó a casa pálido. Lo habían nombrado jefe de un pelotón de fusilamiento. Se negó y lo metieron preso. «Al salir, dijo que volvería a hacer lo mismo», recordaba con orgullo su hijo

La gran revelación, sin embargo, fue interior. Con 14 años comenzó a frecuentar un local de las Juventudes de Acción Católica. En una representación de El verdugo de Sevilla, de Pedro Muñoz Seca, interpretó a un personaje catalán, ya que, como había vivido en Cataluña, todos pensaron que él le daría el acento adecuado. Era, de nuevo, un papel breve, de tres momentos, pero al escuchar los aplausos sintió la magia: «Me quedé paralizado. Un rayo me atravesó la cabeza, el cuerpo y probablemente el alma. Y escuché una voz dentro de mi cabeza, decía: 'Este es mi camino. Tengo que ser cómico'. Fue el momento más decisivo de mi vida».

Demasiado gordo, pensó, y, justo por ello, no lo compartió con nadie. «Era muy difícil explicar eso sin quedar como un gilipollas –confesó–. En aquella época ser cómico era como ser puta». Mantuvo el secreto cinco años y, como temía, cayó como una bomba.

En junio de 1950, tras pasar la reválida (selectividad), su madre le preguntó. «¿Y qué quieres ser?». Que sea lo que Dios quiera, se dijo: «Cómico. Quiero ser cómico». «Pero ¿tú estás loco?», replicó doña Emilia. «Yo estaba cabreado, pero era muy obediente». Estudiaría Derecho.

Al poco, su padre quiso hablar con él. Se temía una reprimenda, pero no; fue mucho peor. Le contó que sentía un dolor en la garganta. «Seis meses y un día», anunció el médico. Lo clavó; su padre tenía 47 años.

El ligón inesperado. Landa hizo más de 30 películas a las que se podría aplicar la etiqueta del landismo. En ellas trabajó con algunos de los grandes símbolos sexuales de la época como Nadiuska, en 'Manolo la nuit', de 1973.

Viuda su madre y con una raquítica pensión de 1500 pesetas, su hijo ayudó en casa trabajando para la Firestone. En Derecho, sin embargo, no pasó de Primero. En su cabeza, solo un pensamiento: «teatro, teatro y teatro». Dio el primer paso en 1952, al cofundar la rama donostiarra del Teatro Español Universitario, una entidad de ámbito nacional para promover la afición entre los estudiantes, auténtica cantera de actores del cine patrio. «Fue allí donde se conocieron mis padres», cuenta su hijo Alfredo. Ella era más alta que él (1,72 por 1,65 de él), algo infrecuente en la época, pero nada que frenase un amor llamado a durar toda la vida.

En cinco años de TEU, Landa creció y creció como actor en 40 montajes de variadísimo repertorio –incluida alguno que, en la época, «estaba prohibidísimo. O 'desaconsejado', como nos decían»–, que llenaban el teatro cada domingo, muchas veces junto a Maite en el escenario. El grupo dio su última función el 7 de marzo de 1958. Pero él lo tenía claro. Trabajó ese verano como tramoyista en el Kursaal, tirando de las cuerdas por diez pesetas al día, solo para convivir con grandes artistas: «Ya no me cabían más ampollas y tuve que dejarlo, pero nunca había sido tan feliz».

Felicidad que lo llevó a tomar, de una vez, el toro por los cuernos. Es decir, hablar con su madre. «Mira, mamá, si a los 40 no soy feliz, te voy a echar la culpa a ti», le advirtió. Y doña Emilia no dudó: «Pues ya te puedes marchar». El 8 de octubre de 1958, una semana después de aquel momento capital, tomó el expreso de las siete de la tarde hacia Madrid. «En la maleta llevaba una boina, dos trajes, tres camisas, dos jerséis y dos pares de calcetines. En la cartera, las siete mil cucas [7000 pesetas, unos mil euros de hoy en poder adquisitivo] y una carta de recomendación para Modesto Higueras, que dirigía el Teatro Nacional de Cámara y Ensayo. Ah, y una foto en la que estaba caracterizado de señor serio, para que los productores no pensaran que era un chiquilicuatre».

Del estereotipo al reconocimiento. El landismo tuvo su bautismo oficial en 1970. Landa protagonizó 'No desearás al vecino del quinto' y la crítica asoció su apellido al personaje de macho ibérico reprimido y obsesionado con el sexo. No consiguió desprenderse de la etiqueta hasta 'El crack' (foto), de 1981.

El contacto no le funcionó, pero a través de un amigo consiguió trabajo como actor de doblaje. Así respondió Landa a la oferta: «Yo hago doblaje y vendo plumillas en la Gran Vía o queso El Caserío si hace falta. Tengo siete mil pesetas y con eso no creo que pase de las Navidades». La clavó el primer día y le ofrecieron un contrato de 3500 pesetas al mes y dos pagas extras. Él contraofertó. No quería ser doblador para siempre. Siguió trabajando, pero con libertad para irse cuando quisiera. A su madre, eso sí, puedo empezar a enviarle 500 pesetas al mes. «Para que se tranquilizara».

Su primer trabajo importante fue doblar a Robert Helpmann, el chino malo de 55 días en Pekín. Aunque su momento estelar fue doblar (imitar, en realidad) al mismísimo Cantinflas. El cómico mexicano fue al estudio a doblar al español a su personaje de la superproducción La vuelta al mundo en 80 días. Acabado el trabajo, Cantinflas tomó un avión de regreso a México. Al día siguiente, sin embargo, la hecatombe. Los técnicos se habían olvidado de grabar tres de sus parlamentos. El jefe del estudio de doblaje no podía estar más desesperado. «Estaba yo tan metido en harina a aquellas alturas que me eché un lance –rememoraba Landa en sus memorias donde explica lo que le propuso a su jefe–. 'Si le parece, don Rafael, yo podría probar. Creo que le imito bastante bien'». Landa hizo las tres tomas y, ante el recelo de un compañero que le decía «Que se va a notar, Alfredito», Landa le lanzó una apuesta. «Muy bien. Pasamos proyección y si me dices cuál es mi take —uno solo, con uno me basta— te invito a cenar en el mejor restaurante de Madrid. Y si no, me invitas tú». Adivinen quién pagó la cena. «No se distinguen. Nosotros tampoco sabemos cuáles son», admiten Querejeta y Olid, los directores de Landa.

El Óscar europeo. 'Los santos inocentes' (1983) fue el paso definitivo de Landa hacia la consagración. Gracias a la película de Mario Camus ganó -'ex aequo' con Paco Rabal- el premio a mejor actor en Cannes. En palabras del propio actor: «el Óscar europeo».

Se compró una Vespa y con ella iba con frecuencia a San Sebastián, hasta que la noche del 19 de agosto de 1959 le dijo a Maite si quería ser su novia en serio. «O sea, venirse conmigo a Madrid y casarnos en cuanto consiguiera un piso». Le dijo que sí. Como un talismán, al poco obtuvo su primer papel en Operación A, una obra en el María Guerrero, uno de los templos teatrales de la capital. «Yo tenía un papelín, diez minutos haciendo de policía, pero ya te puedes imaginar lo que supuso para mí pisar aquel escenario».

A partir de ahí, todo se aceleró. Entre el teatro y algún trabajillo en televisión, llegó la mencionada El cenador, gracias a la cual conoció a José Sacristán. Trabajó cuatro años en la compañía del María Guerrero, ascendiendo rápido y conociendo a varios de los grandes del teatro nacional. La vida del actor de teatro, en todo caso, rayaba (o sin rayar) la explotación. «Dos funciones al día, siete días a la semana –señala Sacristán en Landa–. No era lo que queríamos. Afortunadamente, el cine vino a rescatarnos de esta servidumbre».

Antes, sin embargo, llegó el matrimonio: el sábado 23 de septiembre de 1961, en San Sebastián, ante «ciento y pico invitados» a quienes pidió que, «si no les parecía muy prosaico, aflojasen en metálico la voluntad». Se instalaron en Madrid, en un pisito de sesenta metros cuadrados. «Tres habitacioncitas, una cocinita, un saloncito y un cuartito de bañito, que se convirtió en la nevera: en el lavabito ponía Maite una barra de hielo con una botella de vino y una de gaseosa. Tampoco teníamos calentador de gas: había que ducharse con agua fría, gentileza del marqués de Lozoya».

«Con 'El crack' mi padre sentía que se la jugaba. Al entrar al estreno, me dijo: 'Si se ríen en la primera escena, estoy acabado'. Me chocó su temor. Nunca olvidaré aquel momento a su lado, cuando empezó la proyección, el silencio total del público»

Una noche, poco después de la boda, Pedro Masó y José María Forqué pasaron por el María Guerrero a ver Eloísa está debajo de un almendro. Preparaban, Masó como guionista y Forqué como director, su nueva película: Atraco a las tres. Masó se había peleado con el actor Manolo Gómez Bur, llamado a interpretar el personaje de Castrillo, y al ver la función le dijo a Forqué: «Oye, hay que contratar al pequeñito. Ese va a ser Castrillo». Al día siguiente, Landa respondió al teléfono. Era Masó.

El éxito de la comedia multiplicó las ofertas. Ocho obras en un año, una serie, tres papeles en el cine con Berlanga, Sáenz de Heredia y Arturo González... Y en 1964 Manolo Summers le dio su primer protagonista en La niña de luto. «Hacía todo lo que me echaban –dijo–. Tenía que vivir». Ese año, además, se convirtió en padre. Idoia fue la primera, Alfredo dos años después y Aïnhoa, otros dos más tarde.

De aquellos tiempos del landismo en que trabajaba con tres niños pequeños en casa, dice Alfredo Landa Imaz que vieron con su padre algunas películas juntos. De hecho, se las ha visto casi todas, muchas de ellas con sus propios hijos. Su favorita es Los que tocan el piano: «¡peliculón!». Agradece a su padre, además, que la fama nunca perturbara sus vidas. «La gente siempre fue respetuosa. Recuerdo que, a veces, paseando en familia, nos decía: 'Quedaos unos pasos detrás a ver qué dice la gente al verme'. 'Oye, pues es más alto, es más bajo, es más tal'. Me encantaba eso».

 
Una deuda pendiente. Fueron dos de los mayores genios de la comedia española, pero apenas trabajaron juntos. En 1963, Luis García Berlanga le dio un breve papel en 'El verdugo', pero tardó 22 años en volver a llamarlo, para 'La vaquilla', última obra maestra del director valenciano.

Con aquel ejemplo en casa, tiene sentido que a ninguno de sus hijos le diera por la interpretación. «Llegado el momento –recuerda Alfredo–, mi padre nos cogió a los tres y nos dijo: 'Como podéis ver, esto del cine es muy duro. Muy poca gente entra; y que lleguen alto y se ganen la vida, menos. Si eso queréis, os apoyo, no tengáis duda, pero si no funciona es bueno tener una alternativa». Le hicieron caso: Idoia trabaja en un despacho de abogados; Alfredo, en IBM; y Aïnhoa es diseñadora gráfica.

Hubo una vez, sin embargo, en que Alfredo estuvo a punto de actuar con su padre. «Le plantearon una película en la que su personaje salía de la cárcel tras 30 años y necesitaban a alguien para las escenas previas a entrar a prisión. Su representante le dijo: 'Tu hijo'. Tras mucho negarse, transigió, pero la película al final no se hizo por otras causas. Una pena: habría tenido de novia a Emma Suárez, que me encantaba. Quién sabe, igual no estaríamos hablando ahora de mi padre, sino de mi último Goya». Alfredo dice esto y suelta una carcajada contagiosa que resalta más, si cabe, la raíz de algunos de sus gestos y, sobre todo, la semejanza facial con su padre.

Landa, prosigue su hijo, siempre separó el trabajo de su familia. De forma extrema, podría decirse «Nunca nos llevó a un rodaje. Decía: '¿Acaso un administrativo lleva a sus hijos al trabajo a ver cómo hace facturas'? Y no le faltaba razón».

 
Un director talismán. Landa trabajó dos veces con José Luis Cuerda —'El bosque animado' y 'La marrana' (foto)— y en las dos se llevó el Goya. Recibió otro de honor, en 2007, pero al recogerlo comenzó a hablar de forma extraña por un problema de salud. Su mujer y sus hijos subieron al escenario para rescatarlo.

El primer estreno de cine al que su hijo recuerda asistir –antes fue al de Yo quiero a mi mujer, el único musical que hizo Landa, en 1977, con María Luisa Merlo y Paco Valladares– fue el de El crack, de Garci, en 1981. Landa intentaba dejar atrás el landismo con cambios de registro. Primero con El puente, una road movie de 1976 con la que Juan Antonio Bardem, a través del viaje transformador de su personaje, retrató los drásticos cambios sociales de la Transición. Tres años después, José Luis Garci también apostó por él en Las verdes praderas, crítica feroz al consumismo de la clase media. Ninguna, sin embargo, borró del todo la imagen con la que el público asociaba al actor.

«El crack fue su gran punto de inflexión –subraya su hijo–. Y aquel día él sentía que se la jugaba. Al entrar al cine me dijo: 'Si alguien se ríe en la primera escena, estoy acabado'. Yo tenía 15 años y me chocó su temor. ¡Era mi padre! 'Como alguien se atreva a reírse tendré que hacer algo', pensé. Empezó la proyección y el silencio fue total. Él apenas habla en esa escena, todo está en su mirada, que fue siempre su gran arma. Aquel momento a su lado, aquel silencio total, es inolvidable». Cómo no creerle; aquel momento cambió para siempre la carrera de su padre, nada menos que Alfredo Landa.