domingo, 19 de marzo de 2017

EN PRIMER PLANO - A FONDO -¡ BUENOS DIAS, JAVI Y MAR CADENA 100 ! ¿ DE VERDAD FUNCIONA EL OPEN SPACE ?,./ REVISTA XL SEMANAL PORTADA ENTREVISTA - ¡ ATENCION Y OBRAS ! CINE- GLENN GOULD,./ LIGA FUTBOL - ATLETICO MADRID -3- SEVILLA -1-,.

TITULO: EN PRIMER PLANO - A FONDO -¡ BUENOS DIAS, JAVI Y MAR CADENA 100 ! ¿ DE VERDAD FUNCIONA EL OPEN SPACE ?,.

 ¡ BUENOS DIAS, JAVI Y MAR ! CADENA 100 ,.
 

  Lo mejor del programa ¡Buenos días, Javi y Mar! que se emite cada mañana en CADENA 100 de 06:00 a 11:00 y que presentan Javi Nieves y Mar Amate.,etc.

 EN PRIMER PLANO - A FONDO - ¿ DE VERDAD FUNCIONA EL OPEN SPACE ?,.

¿De verdad funciona el 'open space'?, fotos.

Sin despachos, sin papeles y sin horarios. Las oficinas abiertas llegan directamente de Silicon Valley a nuestro país. En ellas trabajan entusiastas jovénes ‘millennials´con ‘jefes de toda la vida’. Bienvenidos al mundo ‘posdespacho’,.

¿Se imagina a su jefe sentado en un balón de pilates bebiéndose un batido detox que él mismo se acaba de preparar en la cocina de la ‘ofi’ mientras usted le presenta un informe? ¿No? Pues en compañías como Google, dirigidas por descamisados (y descorbatados) millennials, esta escena es rutinaria.
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O viceversa, es usted el que manda. Y un empleado llega media hora tarde. Usted le pide explicaciones y, lejos de excusarse, lo mira con infinita conmiseración, como si usted no entendiera de qué va esto. En tal caso, usted convive con empleados millennials que, por edad, podrían ser sus hijos y cuya máxima ambición profesional no es ocupar su sillón, como fue toda la vida, sino que el trabajo no los distraiga de vivir.
Sea como fuere, en las grandes empresas se está produciendo un choque generacional. Directivos de la vieja guardia se encuentran al frente de subordinados en los cuadros intermedios que son, por trayectoria y convicción, unos insubordinados. O al revés, alguien que acaba de cumplir los treinta manda sobre empleados de quintas anteriores que hacen las cosas ‘como siempre se han hecho’. Ambos escenarios plantean desafíos en la gestión. ¿Están preparadas las empresas para sacarle partido a estas plantillas intergeneracionales?

El nuevo espacio intergeneracional

Los años van pesando… La edad media de los que se sientan en los consejos de administración de las empresas del Ibex es de 61 años, según la compañía de cazatalentos Heidrick and Struggles. Si por estos lares es raro ver a cuarentones en la cúpula, como sucede en Estados Unidos, ver a treintañeros como Mark Zuckerberg (Facebook) resulta insólito. Pero las matemáticas son tozudas. En 2020, los millennials supondrán la mitad del personal laboral del planeta.

La oficina abierta se inventa en Alemania como reacción al orden y mando de los nazis

No solo es una cuestión de edad o de estilo -a ellos no se les forma un nudo en la garganta si no llevan una corbata que anudar-, también lo es de filosofía. Los millennials tienen otra cultura empresarial. Según una encuesta de la Universidad de Harvard, quieren ser jefes no por la ‘pasta’, sino por la oportunidad de influir en las decisiones de su empresa, de marcar la diferencia. Y la plasmación más rompedora de esa nueva cultura es el open space.

Escritorios calientes

El concepto open tiene dos vertientes. Una es arquitectónica y afecta a la noción misma de oficina, al territorio laboral. Es el open plan. Los espacios diáfanos, minimalistas, sin despachos… La otra se refiere a la gestión; a la manera de plantear las reuniones, de exponer las ideas sin resultar un tostón. Se llama ‘desconferencia’. Ambas están imbricadas. Y asociadas a un nuevo ecosistema en el que las jerarquías implosionan y las relaciones son horizontales, de igual a igual. Ya no se sabe muy bien de dónde emana la autoridad, pero sí que los galones se ganan liderando un proyecto. Algo que no se consigue echándole horas, sino aprovechándolas.
El concepto open space se ha puesto de moda porque Silicon Valley lo ha adoptado y el resto del mundo empresarial se esfuerza en metabolizarlo. Pero no es nuevo. La oficina abierta se inventa en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial, como reacción al ‘ordeno y mando’ vertical impuesto por los nazis. Y en los años sesenta la idea la retoma Frank Duffy, un arquitecto británico. «Había muchas plantas, alguna alfombra y una disposición orgánica de las mesas», recordaba en una entrevista de la BBC. ¿Un pelín precario? Puede… Pero Norman Foster no hubiera podido visualizar la nueva supersede de Apple que se inaugura el mes que viene -con un estanque, tres kilómetros de caminos para pasear y 9000 árboles- si aquellos alemanes no hubieran puesto unas macetas.

Los detractores señalan como inconveniente la falta de privacidad y las distracciones constantes

Hasta entonces, las oficinas se organizaban como un aula de colegio, con hileras de escritorios para los subalternos. Y un despacho para el jefe en un rincón, que si además tenía ventana y secretaria ya era la monda. Los pioneros del open space copian una idea de la Marina, la de la ‘cama caliente’ -en los submarinos había más tripulantes que literas, así que el que salía de guardia dormía en el catre que acababa de abandonar el que entraba-. En este caso, es el ‘escritorio caliente’. No hay puestos fijos. Los empleados ocupan el primero que ven libre.
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Territorio común: la oficina se convierte en una espacio diáfano, con la idea de falicitar la comunicacion y el flujo de ideas
Este tipo de oficina fomenta el debate y el espíritu de equipo, ahorra gastos y se acomoda bien a los horarios flexibles, argumentan sus partidarios. Se facilitan las microrreuniones espontáneas entre personal de diversos departamentos, lo que incentiva las soluciones imaginativas.

Adiós a la confidencialidad

Pero los detractores señalan los inconvenientes. Las distracciones constantes, la falta de privacidad para reuniones con clientes… Y, sobre todo, el barullo, que frena la productividad.
En el otro extremo tampoco es fácil. Cuando los ordenadores convirtieron la oficina en una especie de scriptorium medieval, con absortos empleados tan atentos a sus pantallas como los monjes a sus códices, el problema pasó a ser el silencio. Un silencio que impide, por ejemplo, conversaciones telefónicas con un mínimo de confidencialidad. Y todavía hay otra pega. En una charla de las célebres conferencias TED, la escritora y abogada Susan Cain señala que «las oficinas abiertas están diseñadas para personas extrovertidas que necesitan muchos estímulos». Los introvertido y precisan de otro tipo de ambiente para que aflore su talento. Los suecos hicieron un estudio y llegaron a la conclusión de que la gente que trabaja en un despacho está más contenta. Nórdicos y centroeuropeos tienen derecho por ley a un espacio de oficina con luz solar y cierta privacidad, que en el caso de Alemania está tabulada: 28 metros cuadrados de media. Pero en los países anglosajones el open space es cada vez más la norma. Y la alternativa es deprimente: los cubículos, una solución ‘yanqui’ a base de biombos que resulta barata, pero que crea un ambiente tristón.
Lo ultimísimo son las soluciones híbridas, como ha hecho la firma de servicios financieros Ernst & Young, que está completando la mudanza de 2500 profesionales a su nueva sede en la Torre Azca de Madrid. Entornos colaborativos y multidisciplinares,sin despachos y sin papel… Los trabajadores pueden trabajar en cualquier planta del edificio, porque la tecnología lo permite. Pero también disponen de ‘murallas chinas’, salas insonorizadas en todas las plantas para mantener reuniones confidenciales.

Directivos sin despacho

La otra ‘pata’ del open space es la organización. Empezando por la ‘desconferencia’, un formato de reunión en el que la agenda no está predefinida. La inventó el gurú Harrison Owen en los años ochenta.
Los asistentes proponen los temas. No se trata de ponencias ni de charlas magistrales, sino de coloquios. Y los asistentes pueden asumir tres roles: el de facilitador –conduce la sesión, empezando por un ‘mercadillo de ideas’–; el de ‘abeja’, que va de grupo en grupo ‘polinizando’ con sus aportaciones el trabajo de los diferentes equipos; y el de ‘mariposa’, que vuela a su aire y no interviene, pero que interactúa con los que se toman un descanso. La única ley es la de los dos pies. Cada cual es libre de moverse por donde quiera. Y el horario es muy millennial. «Empieza cuando se empieza y termina cuando se termina».
Si a un directivo con unos cuantos quinquenios de antigüedad ya le cuesta adaptarse al open space, cuando le mientan otras debilidades de los millennials, como las PechaKucha (presentaciones relámpago a la japonesa, que sustituyen a las somníferas sesiones de ‘diapos’ en PowerPoint) o las pizarras Kanban para la organización de los flujos de trabajo, la sensación íntima puede ser de obsolescencia inminente. Siempre quedará el recurso de dejarse crecer una buena barba, comprarse un Tesla para disminuir la huella de carbono o llevar un Apple Watch en la muñeca. El disfraz oficial de millennial, aunque haya terminado el carnaval.

TITULO: REVISTA XL SEMANAL PORTADA ENTREVISTA - ¡ ATENCION Y OBRAS ! CINE - GLENN GOULD,.

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 ¡Atención y obras! es un programa semanal que, en La 2, aborda la cultura en su sentido más amplio, con especial atención a las artes escénicas, la música, los viernes a las 20:00 presentado por Cayetana Guillén Cuervo, etc, foto,.



  REVISTA XL SEMANAL PORTADA ENTREVISTA  - GLENN GOULD,.

Glenn Gould, pianista, conocer, culturafotos,.Glenn Gould: el pianista más genial y extravagante del siglo XX,.

Dejó boquiabiertos a directores y músicos de todo el mundo. Fue un excéntrico, lleno de manías y rarezas, que solo tocaba sobre una vieja silla paticorta. Un nuevo libro recoge las opiniones de este intérprete que tuvo la osadía de ‘corregir’ a los grandes maestros.

De esconcierto absoluto en el Carnegie Hall. Antes de comenzar el concierto de la Filarmónica de Nueva York, el director Leonard Bernstein sale al proscenio y habla al público. Necesita decir que no está de acuerdo con la interpretación poco ortodoxa que esa noche se va a hacer del Concierto para piano número 1 en re menor, de Brahms. Bernstein no está de acuerdo porque no se van a seguir las indicaciones del compositor.
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«Mi estilo me obliga a sentarme más bajo que la mayor parte de los pianistas», contaba. Sus interpretaciones son más suaves y lentas. No le iba el grado de intensidad fortissimo y evitaba utilizar el pedal del piano
«¿Por qué la dirijo?», se pregunta. Porque el intérprete, el pianista canadiense Glenn Gould, era en su opinión un artista extraordinario y «su concepción es suficientemente interesante como para pensar que ustedes merecen escucharla», dijo Bernstein.

“Tenía tres cualidades que hacía que sobresaliese: una memoria portentosa (leía una pieza y ya se la sabía), una concentración extrema y un oído absoluto, “que me permite escuchar cerebralmente”, decía

A continuación, los espectadores de aquel concierto del 6 de abril de 1962 vieron aparecer a un hombre de aspecto desaliñado. Se sentó en una silla vieja, paticorta y sin cojín. Era tan baja que cuando Glenn Gould se sentaba en ella y se doblaba hacia el piano casi rozaba las teclas con la nariz. Recordaba a un borrachín en la barra de un bar.
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Cuando Gould se adentraba en la interpretación caía en éxtasis y a veces se quitaba los zapatos o canturreaba ¡en pleno concierto! Pero lo que inquietaba a los directores y músicos de las orquestas no eran estas extravagancias, sino que sus interpretaciones eran totalmente diferentes: en general, más suaves y lentas.

Gould interpretaba los compositores a su manera. Leornad Bernstein (en la foto con Gould) reconoció en público su desacuerdo de tocar un pienza de Brahms y a la vez manifestó su admiración por el pianista
Era un genio. Una leyenda. Para muchos, el mejor pianista del siglo XX, admirado por Herbert von Karajan («su estilo abrió el camino del futuro», dijo de Gould), Yehudi Menuhin y, por supuesto, Bernstein. Nunca utilizaba partituras, apenas ensayaba, no le hacía falta, explicaba, porque «el piano se toca con el cerebro».
Tenía tres cualidades que hacían que sobresaliese: una memoria portentosa (leía una pieza y ya se la sabía), una increíble capacidad de concentración y «un oído absoluto, que me permite escuchar cerebralmente las polifonías más complejas y, por tanto, estudiar o componer paseando, incluso en medio de una multitud», cuenta Gould en el libro No, no soy en absoluto un excéntrico (Acantilado).
Llevaba abrigo, bufanda y guantes en invierno y en verano. Sumergía las manos y los brazos en agua caliente durante veinte minutos antes de los conciertos en un lavado que recuerda al de los cirujanos. Para nadar, utilizaba unos guantes negros de caucho largos hasta las axilas. Era un solitario pertinaz de personalidad fuerte y compleja: a menudo cancelaba sus conciertos, se excusaba diciendo que no estaba en condiciones de dar lo máximo. Y él era el colmo del perfeccionismo. O lo excelso o nada.
Dejó de dar conciertos a los 34 años, cuando estaba en la cima. Odiaba los conciertos, le generaban angustia. No iba a ellos «salvo a los míos claro, a los que asisto religiosamente», dijo con un fino sentido del humor. «Lo consigo a base de sedantes», añadió. En los ajenos sufría por los intérpretes: «Me horroriza pensar que esos desgraciados deben afrontar la misma responsabilidad que yo cuando toco», explicó.

“Como no devolvía los golpes, a los otros niños les divertía meterse conmigo. Pero es exagerado decir que sucedía habitualmente. A lo sumo cada dos días”

Se retiró de los escenarios en 1964, pero no de la música. Se dedicó a las grabaciones. Decía que así había que escuchar la música, enlatada y en casa, y que la tecnología era ‘benefactora’. También grabó dos películas y varios programas de radio: Le encantaba la radio. le tranquilizaba. Igual que los hilos musicales: «Me pasaría la vida subiendo y bajando en un ascensor», dijo. También le gustaba el teléfono: huía de la gente, pero podía tirarse horas y horas hablando por teléfono: por supuesto, de música.

Mi farmacia portátil

Dicen ahora que es posible que este pianista genial que falleció en 1982, a los 50 años, padeciera síndrome de Asperger. Quizá. Lo cierto es que él negaba ser un excéntrico. Reconoce, eso sí, algunas particularidades. «Como me negaba a devolver los golpes cuando me pegaban, a los muchachos del vecindario les divertía meterse conmigo. Pero es exagerado decir que esto sucedía habitualmente. A lo sumo, cada dos días».
Empezó a tocar el piano a los 3 años, con su madre -pianista aficionada- como profesora. «Supe leer música antes que palabras», contó. A los 11 años fue al conservatorio y a la vez estudiaba piano, órgano y composición. A los 19 dejó de estudiar: ya no podía aprender más de otros.
No interpretaba las piezas como los demás. Según Bruno Monsaingeon -el director de cine que trabajó con él-, Gould «afirmó la autonomía del intérprete frente a la partitura». Si un cineasta adapta una novela al cine, Gould adaptaba a Brahms, Bach, Schönberg o Strauss. Era más que un pianista. «Con él desaparece la distinción entre creación e interpretación», dice Monsaingeon.
Sus dos grabaciones de las Variaciones Goldberg, de Bach, son piezas míticas. Únicas. Una rareza, además, porque es una de las poquísimas veces en su vida que repitió grabación, lo hizo en 1955 y 1981 y solo por razones de proceso tecnológico.
El público no le interesaba. Le parecía prescindible, como los aplausos, aclamaciones o silbidos, que, en su opinión, pueden confundir a «intérpretes fácilmente impresionables». Lo que sí necesitaba eran las medicinas. Viajaba cargado con una farmacia portátil. Tanta automedicación le perjudicó: no le prestaron atención cuando se quejó de los dolores de cabeza que eran síntoma de la infección que lo mató.
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Glenn Gould solo tocaba sentado en su vieja silla de patas recortadas. Viajaba con ella. Respondió muchas veces a las preguntas sobre la silla. «Está totalmente destartalada, pero no la cambiaría por otra»
Era imprevisible en sus opiniones: sí a Petula Clark, no rotundo a los Beatles; sí a Richard Strauss, no a Verdi -me pone enfermo»- y Puccini -«me indigna»-; sí a la literatura, leía muchísimo; odio feroz a la pesca. Vivía a orillas del lago Simcoe, en Canadá, y cuando veía pescadores ponía el motor de su lancha a toda potencia y los rondaba para espantar a los peces. Los pescadores pensaban que era un loco antipático, pero quienes lo trataron (muy pocos) destacan de él su dulzura y sentido del humor. Fue único.

Encorvado y cantando sobre el escenario

conocer, cultura, Glenn Gould, pianista, xlsemanalEl pianista canadiense Glenn Gould tenía un estilo muy especial: entraba como en trance, canturreaba mientras tocaba, encorvado sobre el teclado, sentado siempre en la misma silla extraña. A veces incluso se descalzaba. Sus interpretaciones no eran ortodoxas: no seguía las indicaciones de los compositores. Su versión de las Variaciones Goldberg, de Bach, es una pieza mítica.

Soledad

Le parecía indispensable para la creación. «La llamada ‘disciplina’ que no es más que una manera de excluirse de la sociedad- es algo absolutamente indispensable», decía Glenn Gould. Hay quienes sostienen que padecía síndrome de Asperger.

Concentración

conocer, cultura, Glenn Gould, pianista, xlsemanalSegún Gould es lo mñas importante de la personalidad de un músico. Podría componer en medio de la multitud “Como tengo la constumbre de utilizar los brazos para dirigir la música que oigo en mi mente, suelo llamar la atención” dijo.

Manos


«Cuidarme las manos revela simplemente buen juicio», explicó. Utilizaba abrigo, bufanda y guantes (a veces dos pares a la vez) en invierno y en verano. Para nadar, usaba unos guantes de caucho hasta las axilas.

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Resultado Final -  ATLETICO MADRID -3- SEVILLA -1-, foto.

El Atlético gana al Sevilla y acecha la codiciada tercera plaza., etc.

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