lunes, 12 de junio de 2017

¡ QUE GRANDE ES EL CINE ! - EL HORMIGUERO - VIERNES -16- JUNIO - MERIDA Y AQUISGRAN, UNIDAS POR LA BICI,./ ME RESBALA - AQUEMARROPA - ¡ QUE TIEMPO TAN FELIZ ! - MI AMIGO EL GRILLO,.

TITULO: ¡ QUE GRANDE ES EL CINE ! - EL HORMIGUERO - VIERNES -16- JUNIO - MERIDA Y AQUISGRAN, UNIDAS POR LA BICI,.

¡ QUE GRANDE ES EL CINE ! ,.

 ¡Qué grande es el cine! fue un programa de cine dirigido por José Luis Garci y emitido por Televisión Española por su cadena La 2., etc.

 EL HORMIGUERO - VIERNES -16- JUNIO - MERIDA Y AQUISGRAN, UNIDAS POR LA BICI,.

Mérida y Aquisgrán, unidas por la bici

Janis Afflerbach, con su bicicleta, junto al Acueducto de los Milagros. :: j. m. romero
Janis Afflerbach, con su bicicleta, junto al Acueducto de los Milagros.foto.
  • Un profesor de alemán de la Escuela de Idiomas hará 2.200 kilómetros,.

    Janis Afflerbach es un joven natural de la ciudad alemana de Aquisgrán, cercana a Colonia, que ha estado en la capital autonómica durante los ocho últimos meses impartiendo clases de alemán en la Escuela de Idiomas de Mérida.
    Durante este tiempo, Janis ha vivido en la zona de Las Abadías, pero ahora tiene que volver a su tierra porque quiere prepararse concienzudamente Magisterio para convertirse en un futuro en profesor de Español en Alemania. Por, eso, durante estos ocho meses, además de dar clases, se ha dedicado a conocer más profundamente España y su cultura, algo que reconoce que es básico para luego poder trasladar a sus alumnos en el país germano.
    La pasada semana fue la última que estuvo en la Escuela de Idiomas de Mérida, ya que el pasado viernes, 2 de junio, comenzó un viaje. Una larga travesía que culminará en su ciudad alemana después de recorrer en bicicleta los 2.200 kilómetros que la separan de Mérida. Un viaje que le llevará a atravesar varios país, entre ellos España.
    El viernes comenzó en Mérida y su intención era llegar hasta Plasencia, sobre todo antes de que le pillase más el calor intenso del verano extremeño. De ahí irá haciendo escalas en ciudades como Salamanca, Valladolid, Burgos, Vitoria y San Sebastián. Después pasará al país francés y pasará por Burdeos y París. En la capital del país galo se reencontrará con un amigo con el que finalizará la travesía después de pasar también por Bélgica. Janis tiene calculado recorrer la distancia que hay entre Mérida y Aquisgrán en un mes, ya que su intención es estar en su ciudad el 2 de julio. Como gran aficionado a la bicicleta y amante del Tour de Francia, quiere presenciar esta prueba en directo y el 2 de julio dice que la serpiente multicolor pasa por su ciudad y no se la quiere perder.
    «Habitualmente no veo campeonatos de bicicleta en la televisión. Me gusta mucho más montar en ella Pero no por hacer deporte, sino para descubrir cosas y lugares que viajando en coche no podría», confiesa Janis.
    Para un mes lleva de equipaje su tienda de campaña, ropa, un ordenador para escribir su blog e ir contando la experiencia de su viaje, y una dinamo y un panel solar, con las que producirá su propia energía.
    Esta es la primera vez que Janis hace un viaje tan largo en bicicleta. La primera vez que hizo algo así recorrió unos 500 kilómetros. «Ahora alargo la distancia, porque tengo tiempo y ganas» y sobre todo le sobra motivación.
    Dice que algo que le da miedo en el viaje son las serpientes y en Extremadura, las altas temperaturas.
    En Aquisgrán le esperan sus amigos y por el camino tampoco se sentirá solo porque dice que tiene muchos conocidos en varios puntos de España por los que va a pasar.
    Janis ya se fue, pero antes de irse confesó que en Mérida, y sobre todo en la Escuela de Idiomas, deja, además de grandes alumnos, auténticos amigos. Piensa regresar de nuevo a España y también a Extremadura, pero ya no para vivir. Sino de visita. Y quién sabe si volverá a hacer el camino en bici,.

    TITULO: ME RESBALA - AQUEMARROPA - ¡ QUE TIEMPO TAN FELIZ ! - MI AMIGO EL GRILLO,.

    ME RESBALA - AQUEMARROPA - ¡ QUE TIEMPO TAN FELIZ ! - MI AMIGO EL GRILLO, fotos,.

    Mi amigo el grillo,.

  • Desde que me comí uno me siento raro, cruel y traidor,.

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    Táper con una muestra de grillos ingleses fritos. :: A.T.El otro día me comí un grillo. No fue un acto de crueldad, sino un ejercicio de responsabilidad. Estaba tomando notas para escribir un reportaje sobre un restaurante mexicano donde, además de la comida tradicional de ese país, sirven menús a base de alacranes, gusanos, escorpiones, escarabajos y grillos. Me pareció que no podía escribir sobre un menú de insectos si no los probaba, así que me armé de valor y, cuando el maître puso ante mí un táper lleno de grillos fritos y me invitó a probarlos, cerré los ojos, cogí uno, me lo metí en la boca, lo mastiqué sin pensar e intenté paladearlo por respeto a ustedes, amigos lectores: si escribía sobre insectos comestibles, lo menos que debía hacer era contarles a qué sabían.
    La verdad es que me quedé como estaba porque aquel bichito negro, alado y frito tenía un sabor indefinible que luego, con el tiempo, he sido capaz de definir: sabía a kikos, es decir, a maíz frito, con un toque de especias picantes. Después, los sirven con guacamole, pero no pretendo divagar sobre la gastronomía insectívora y sus encantos, resumidos en una apreciación que hizo un señor experto en el tema: «Lo más rico de todo son las hormigas rojas de Tailandia, esas sí que saben». No, lo que pretendo es divagar sobre los grillos.
    Desde que mastiqué uno, no se me va de la cabeza la sensación de haber cometido un desmán incalculable. ¿Cómo es posible que me haya comido, por mucho ejercicio de responsabilidad periodística que hubiera detrás, el único animal doméstico que he tenido en mi vida? Porque salvo algún ratoncito blanco, más propiedad de mis hermanas que mío, y un canario, que era de mi hijo, los únicos animales domésticos que he cogido, criado y mimado han sido grillos.
    Mi infancia son recuerdos de días enteros buscando agujeros en el campo, guiado siempre por el cri-cri del grillo. Una vez localizada la madriguera, buscaba una pajita que introducía en el agujero y, al rato, el grillo salía al exterior, lo cogía y lo metía en una caja. Luego, ya en casa, introducía el animal en una grillera de plástico, una pequeña cárcel de colores con forma de brasero antiguo. Era un acto cruel, evidentemente, quizás más cruel que el de comerme un grillo frito, pero en los 60, era tan habitual que no había establecimiento que no vendiera grilleras al llegar la primavera.
    En casa, alimentaba al grillo con hojas de lechuga y su canto, que se llama grillar y es una estridulación producida solo por los machos al raspar las alas anteriores con las patas posteriores, alegraba la terraza y la cocina. Entonces, en los pisos de Cáceres, los ruidos eran más variados que los que producen hoy los teléfonos móviles y la televisión: estaban el silbato del cartero, el chiflo del afilador, la trompetilla del basurero, los gritos del melonero, del vendedor de hielo, de tu madre llamándote por la ventana y, en primavera, el cri-cri del grillo.
    Aquel bichito negro prisionero moría un día de viejo o de pena, nunca frito, y lo llevábamos a enterrar a las traseras de casa, donde hoy está el servicio técnico de Apple en Cáceres. Curiosa coincidencia esta de que hoy arreglen los iPhone sobre las tumbas de decenas de grillos. Otra coincidencia es que, al tiempo que dejaba de tener grillos en casa, me mandaron interno a estudiar a Zamora y el edificio donde dormía, un rascacielos de 14 pisos rojo y llamativo, recibía el apelativo de La Grillera porque lo sufríamos como una cárcel. Dentro montábamos mucha algarabía y también nos alimentaban con lechuga, además de con otras verduras, legumbres, pescados y carnes, pero no podíamos salir de La Grillera salvo un ratito los fines de semana y, en fin, nos sentíamos como grillos enjaulados.
    Y ya ven, muchos años después, he acabado comiendo grillos. Es verdad que eran grillos ingleses, grillos de granja, grillos pequeñitos, extraños y salpimentados, pero cada vez que lo pienso, me siento raro, como si hubiera traicionado a mi mejor amigo.

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