domingo, 18 de mayo de 2014

LA CARTA DE LA SEMANA,UNA HISTORIA DE ESPAÑA (XXV) / SILENCIO POR FAVOR, DAVID SIMON, ESCRITOR,.

TÍTULO: LA CARTA DE LA SEMANA,UNA HISTORIA DE ESPAÑA (XXV),.

  1. Habíamos dejado, creo recordar, a la España de Felipe II en guerra contra medio mundo y dueña del otro medio. Y en este punto conviene ...
     Habíamos dejado, creo recordar, a la España de Felipe II en guerra contra medio mundo y dueña del otro medio. Y en este punto conviene recordar la poca vista que los españoles hemos tenido siempre a la hora de buscar enemigos, o encontrarlos; con el resultado de que, habiendo sido todos los pueblos de la Historia exactamente igual de hijos de puta -lo mismo en el siglo XVI como ahora en la Europa comunitaria-, la mayor parte de las leyendas negras nos las comimos y nos las seguimos comiendo nosotros. Felipe II, por ejemplo, que aunque aburrido y meapilas hasta lo patológico era un chico eficaz y un competente funcionario, no mandó al cadalso a más gente de la que despacharon por el artículo catorce los luteranos, o Calvino, o el Gran Turco, o los gabachos la noche de San Bartolomé; o en Inglaterra María Tudor (Bloody Mary, de ahí viene), que se cargó a cuantos protestantes pudo, o Isabel I, que aparte de piratear con muy poca vergüenza y llevarse al catre a conspicuos delincuentes de los mares -hoy héroes nacionales allí- mandó matar de católicos lo que no está escrito. Sin embargo, todos esos bonitos currículums quedaron en segundo plano; porque cuanto la historia retuvo de ese siglo fue lo malos y chuletas que éramos los españoles, con nuestra Inquisición (como si los demás no la tuvieran), y nuestras colonias americanas (que los otros procuraban arrebatarnos) y nuestros tercios disciplinados, mortíferos y todavía imbatibles (que todos procuraban imitar). Pero eso es lo que pasa cuando, como fue el caso de la siempre torpe España, en vez de procurar hacerte buena propaganda escribiendo libros diciendo lo guapo y estupendo que eres y lo mucho que te quieren todos, eres tan gilipollas que dejas que los libros los escriban e impriman otros; y encima, que ya es el colmo, te enemistas con los tres o cuatro países donde el arte de imprimir está más desarrollado en el mundo, y no tienen a un obispo encima de la chepa diciéndoles lo que pueden y lo que no pueden publicar. El caso es que así fuimos comiéndonos marrón histórico tras marrón, aunque justo es reconocer que mucha fama la ganamos a pulso gracias a esta mezcla de vanidad, incultura, mala leche, violencia y fanatismo que nos meneaba y que aún colea hoy; aunque ahora el fanatismo -lo otro sigue igual- sea más de fútbol, demagogia política y nacionalismo miserable, centralista o autonómico, que de púlpitos y escapularios. Y, en fin, de toda esa leyenda negra en general, buena parte de la que surgió en el XVI se la debemos a Flandes (hoy Bélgica, Holanda y Luxemburgo), donde nuestro muy piadoso rey Felipe metió la pata hasta la ingle: «No quiero ser rey de herejes -dijo, o algo así- aunque pierda todos mis estados». Y claro. Los perdió y de paso nos perdió a todos, porque Flandes fue una sangría de dinero y vidas que nos domiciliaría durante siglo y pico en la calle de la amargura. Los de allí no querían pagar impuestos -«España nos roba», quizás les suene-; y en vez de advertir que el futuro y la modernidad iban por ese lado, el rey prudente, que ahí lo fue poco, puso la oreja más cerca de los confesores que de los economistas. Además, a él que era pacato, soso, más aburrido y sin substancia que una novela de José Luis Corral o los diarios de Andrés Trapiello, los de por allí le caían mal, con sus kermeses, sus risas, sus jarras de cerveza y sus flamencas rubias y tetonas. Así que cuando asaltaron unas iglesias y negaron la virginidad de María, mandó al duque de Alba con los tercios -«Son como máquinas, con el diablo dentro», escribiría Goethe-, y ajustició rebeldes de quinientos en quinientos, incluidos los nobles Egmont y Horn, con la poca mano izquierda de convertirlos en mártires de la causa. Y así, tras una represión brutal de la que en Flandes todavía se acuerdan, hubo una serie de idas y venidas, de manejos que alternaron el palo con la zanahoria y acabaron separando los estados del norte en la nueva Holanda calvinista, por una parte, y en Bélgica por la otra, donde los católicos prefirieron seguir leales al rey de España, y lo fueron durante mucho tiempo. De cualquier modo, nuestro enlutado monarca, encerrado en su pétreo Escorial, nunca entendió a sus súbditos lejanos, ni lo intentó siquiera. Ahí se explican muchos males de la España de entonces y de la futura, cuya clave quizá esté en la muy española carta que el loco y criminal conquistador Lope de Aguirre le dirigió a Felipe II poco antes de morir ejecutado: «Mira que no puedes llevar con título de rey justo ningún interés destas partes donde no aventuraste nada, sin que primero los que en esta tierra han trabajado y sudado sean gratificados».
     
    TÍTULO:SILENCIO POR FAVOR, DAVID SIMON, ESCRITOR,.

    -foto--David Simon, el 'solitario contratista' que cambió la televisión

    Si una palabra define el trabajo de David Simon es comprometido, y el autor norteamericano entiende las entrevistas como parte de su profesión, la de contar qué ocurre en Estados Unidos, con más atención al tejido social urbano que a las puntadas de la bandera de las barras y las deslumbrantes estrellas. Las manos que trapichean en las esquinas de Baltimore (The Wire) y los pies que se aferran al suelo mojado de Nueva Orleans (Treme) son los miembros que conforman una nación que poco tiene que ver con la industria de los sueños. Con su bofetada social, Simon despierta a cualquiera: "O el ser humano acierta con las ciudades o fracasará como especie", responde pesimista al teléfono, entrevistado por EL MUNDO.
    Este domingo a las 00.10 horas, TNT estrena la cuarta y última temporada de Treme, la canción coral de Nueva Orleans post Katrina. En los últimos tiempos, Simon se ha comprometido a liderar una miniserie de HBO sobre Martin Luther King y ha mantenido reuniones en España en busca de financiación para su proyecto sobre la Guerra Civil. Aunque el carnaval de Treme ha concluido, Simon no se despide de la ciudad del Mardi Gras: "Tengo una casa en Nueva Orleans, así que trato de pasar buena parte del año allí, pero seguro que voy a echar de menos la historia y los personajes. Ésta ha sido una gran oportunidad de pasar tiempo con gente corriente, ni gánsters, ni zombis... gente normal", expone este ex redactor de sucesos del diario The Baltimore Sun, ajeno a los mafiosos de Boardwalk Empire y los muertos vivientes de The Walking Dead.
    Pleitos idealistas que no llevan sino a la frustración, instrumentos de viento en jam sessions, casos de corrupción en el departamento de policía, cánticos de afroamericanos que emulan a los indios que poblaron Nueva Orleans... Treme mezcla muchos ingredientes y los cocina a fuego lento, al ritmo de David Simon, hasta que queda un plato tan popular y generoso como el gumbo, a base de arroz y marisco. El escritor y productor ya demostró en The Wire, para muchos la mejor serie de la Historia de la televisión, que hay camellos más fieles a los códigos que sus representantes políticos en el Senado. Unos y otros pululan por una narración nada fácil, repleta de personajes: "Las historias no tienen por qué ser blancas o negras y no todo se soluciona eligiendo o señalando al tipo correcto y dándole poder. Hay cosas sistémicas, como por ejemplo cómo funcionan las instituciones, pero se puede mostrar si estableces el contexto apropiado. Si no alcanzas ese contexto, llegas a soluciones estúpidas", sentencia. "Hay mucha gente que escribe esquemáticamente sobre ciudades, como Balzac de París o Tolstoi de San Petersburgo y Moscú", apunta el norteamericano, que se reconoce admirador del cine de Stanley Kubrick y los hermanos Coen.

    Simon mantiene archivados otros dos proyectos, uno sobre la CIA y otro sobre Times Square, en Nueva York. "La serie de la CIA se desarrollaría en todo el mundo, con un componente global", adelanta. Sobre su alistamiento a la Guerra Civil española, Simon se sincera: "No sé dónde voy a encontrar el dinero para eso. Hablé con productores en España; tuve una cita en Barcelona y pregunté si había manera de financiarlo aquí, y nadie tenía dinero para el proyecto. Esa serie es muy difícil de vender en América: retroceder al año 1937, viajar al otro lado del océano...". Sin embargo, no se da por vencido. "Me encantaría contar esa historia: creo que se trata de un tiempo alucinante en un momento muy relevante para la Historia del mundo". Por eso, dedicó el pasado verano a establecer contactos, de momento infructuosos: "Yo soy sólo un solitario contratista. Si alguien me dice en qué trabajo y pone el dinero, iré con gusto", suelta el que quizás es el hombre más influyente de la televisión.
    Las cinco temporadas de The Wire se focalizaron, por este orden, en las calles, el muelle, la política, la escuela y los medios. Treme, también de HBO, se cierra en cuatro temporadas, esta última reducida a sólo cinco episodios. "La serie está estructurada a partir de la vuelta a una ciudad abandonada a raíz del estallido mortal del Katrina [en 2005]. En la primera temporada, vuelve la gente; en la segunda, los problemas de siempre; en la tercera, es el dinero el que vuelve a Nueva Orleans; lo que parece que va a ser la solución de los problemas, o eso al menos es lo que la gente quiere creer. Pero en esta última temporada vuelve la realidad, quiénes son y quiénes no son los personajes, qué es posible y qué no, en qué sentido importan en el país, qué funciona y qué no... Cada temporada trata de una vuelta".
    Según Simon, la orquesta de Treme preveía una actuación breve, con independencia de llenar o no el local. "Pensaba que la medida óptima para Treme eran cuatro temporadas y tenemos tres y media, porque muy poca gente la ve. Muy poca gente vio The Wire, pero estas cosas pasan. HBO es un lugar diferente al que era hace 10 años con The Wire. Los estándares son más altos y en último término estamos en un negocio", considera Simon, poco afín a los mecanismos económicos imperantes: "Todos estamos cometiendo el mismo error, que está arruinando esta última etapa del capitalismo, en los últimos 30 años. Los beneficios son ahora mismo la naturaleza por la que medimos el éxito y la salud de nuestras sociedades. Hay casi una adoración por las corporaciones y los mercados, con la exclusión de cualquier otro modo de evaluar el progreso o la salud de nuestra sociedad... de ello hablo en muchas de mis obras".
    Sus series también destacan por haber dado la espalda al protagonista, una renuncia a ganarse a la audiencia mediante un sencillo proceso de identificación que funciona desde los albores de la ficción. A Simon, esa concentración en el Walter White (Breaking Bad) o el Don Draper (Mad Men) de turno, se le queda pequeña, porque aspira, ni más ni menos, a dejar al descubierto el sistema que gobierna el mundo: "Una vez que creas un gran héroe o un antihéroe, o incluso un villano, tienes una muleta muy firme para la narración. Resuelve muchos de tus problemas, y deja muy claro a cualquiera que se conecte acerca de qué va la serie. Por otra parte, narrar una historia sobre un periodo en un lugar concreto ofrece la oportunidad de contar algo más grande que el bien o el mal que haya en un solo personaje. Grabar sobre una comunidad requiere más trabajo y te vuelves más vulnerable, porque mucha gente no se va a enganchar. Pero, ¿cómo si no contar la historia de la Nueva Orleans post Katrina o del Baltimore post industrial?".

    Corrida de toros y El Celler de Can Roca

    Nueva Orleans, de influencia española y francesa, es una de las ciudades con más pasión por la comida de EEUU. En Treme, que cuenta entre sus protagonistas a la chef Janette Desautel (Kim Dickens), no faltan cameos de cocineros y críticos gastronómicos. El verano pasado, Simon dejó a un lado la cámara para centrarse por España en el cuchillo y el tenedor: "Creo que no había comido tan bien en ninguna de mis vacaciones a lo largo de toda mi vida. Los de El Celler de Can Roca leyeron en un periódico que quería ir a su restaurante pero que no había conseguido reservar, así que decidieron darme una mesa". Repetirá, asegura: "No puedo esperar a volver. No tuve tanta diversión en los dos últimos años. Pasé mucho tiempo en Barcelona, un poco en Gerona, fuimos a Asturias y al sur de Francia, donde había un festival y también una corrida de toros. No fui, pero sí mi hijo con su novia. Yo estaba con mi hija de tres años: tenía que asumir esa responsabilidad. Eso sí, mi hijo me dio una explicación muy detallada de la corrida".

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