viernes, 11 de octubre de 2013

Chocholoco y don Tragón. RELATO EL PUEBLO,./ Callejeros, LOS PITUFOS,./ CINE, EL COLECCIONISTA DE AMANTES,.

TÍTULO; Chocholoco y don Tragón

personas tratan mejor a sus perros que sus semejantes"

El pueblo

pueblo_fantasmaCaminar entre aquellas calles desiertas, cubiertas por la bruma, sin descubrir señal alguna que indicara la existencia de otro ser humano en las inmediaciones, era algo, sencillamente, aterrador. Nadie podría pensar que en aquel lugar lúgubre y vacío de todo, apenas unas horas antes, la vida bullía por todos sus rincones. Aquellas calles, al contrario de lo que pasaba ahora, habían estado llenas de gente y los ruidos de su ajetreo llenaban el aire. Ahora, sin embargo, estaban desiertas. Mis pasos resonaban en las callejuelas y mi imagen era lo único que se reflejaba en las paredes. Las escasas farolas que alumbran mi caminar apenas llegaban a iluminar los vapores de la niebla, convirtiéndose ésta en una pantalla sobre la que mi sombra jugaba constantemente a asustarme. Mis pasos resonaban lejanos, como si quisieran indicarme con aquel sonido tétrico que allí ya no había nada. El frío calaba mis huesos y hacía que me encogiese dentro de mi gabán, escondiendo la cara bajo mi gruesa bufanda de lana. De aquella guisa, me sentía indefenso y desprotegido, temiendo, cada vez que levantaba la cabeza para orientarme, descubrir algo terrorífico, pues algo aterrador y temible era lo único que podía haber dejado al pueblo sumido en la más absoluta soledad.
Una y otra vez buscaba esperando encontrar un resto de vida, pero las ventanas de las casas seguían a oscuras, sus puertas cerradas, por las chimeneas no salía humo y ni siquiera se escuchan los ladridos de los perros, esos mismos que la noche anterior no me habían dejado dormir. Temía ser el único superviviente de algo que no llegaba a entender, o pero aún, la siguiente y última víctima de algo tan oscuro y poderoso que había sido capaz de hacer desaparecer a toda una población con el máximo sigilo, en silencio absoluto, sin tan siquiera dejar a las víctimas gritar de terror.
 A aquel pueblo llegué tan solo hacía dos días. Aquella mañana el sol brillaba con fuerza y su luz nítida y pura llenaba el aire frío del invierno. El motivo de mi visita era escribir sobre las supuestas apariciones misteriosas de unas luces en las sierras cercanas; luces que se estaban observando de manera continuada en las últimas noches y sobre las que muchos vecinos afirmaban, con cierto miedo, que habían visto patrullar aquellos montes, como si buscasen, de manera insistente, alguna cosa, o … ¡alguna víctima!
A mi director le encanta enviarme a lugares perdidos de la mano de Dios para que escriba artículos sobre casos extraños y misteriosos con los que llenar las páginas centrales de nuestro diario regional de segunda categoría, que sobrevivía precisamente por artículos de aquel tipo, junto a los de conspiraciones políticas, de carácter local, que escribían otros colegas. Yo nunca he creído en nada sobrenatural, pero tengo que ganarme el pan y pagar mis facturas, como todos, por lo que escribo estos relatos con una cierta visión parcial e interesada. Describo fielmente los hechos, por supuesto, pero siempre dejo una puerta abierta a explicaciones poco ortodoxas. Incluso me afano mucho, a veces en demasía para mi gusto, para poder dejar constancia de la opinión del más crédulo e iluso de los lugareños que siempre encuentro en estos pueblos. Las explicaciones de estos personajes resultan fantásticas y muy entretenidas, por lo que son el aliño ideal a mis historias. Además, estos lugareños siempre suelen contar alguna vieja leyenda, olvidada ya casi por todos, con la que tratan de dar explicación o justificar los hechos que investigo. Estos cuentos fantásticos, maravillosos, reflejo de una mitología antigua y desconocida, son quizás los que atraen al minoritario grupo de lectores inteligentes con los que un servidor cuenta, al contrario que el resto, que viven obsesionados con fantasmas, brujos, extraterrestres u otros muchos entes de los que se alimenta la parapsicología y que yo me cuido mucho de servirle en mis relatos.
Pero estaba hablando de mi llegada al pueblo. ¡La veo ahora tan lejana! Nada más bajarme del autobús y con la calma que da la rutina, me dispuse a caminar por aquellas pocas calles en busca de la posada donde había reservado una habitación. Aquel día se celebraba el mercado semanal y los puestos estaban abarrotados de gente. Crucé el gentío, que desprendía aromas de fruta podrida mezclados con agua de colonia barata, sintiéndome en todo momento observado por los aldeanos, que apenas se esforzaban por disimular su sorpresa al verse ante un forastero. Todos se giraban y me señalaban, al igual que niños ante la caravana de un circo.
En la posada me esperaba la propietaria, María, una mujerona grande y robusta, con una cara redonda y un enorme moño, de la que solamente pude deducir, tras una observación meticulosa, que quizás tuviera unos cincuenta años, aunque aparentaba a simple vista muchos más. Tras las formalidades del registro, me acompañó hasta la habitación y una vez allí, se interesó por mi trabajo.
¡Con que periodista! –me dijo nada más abrir la puerta de la habitación–. Espero que no nos deje a los del pueblo como paletos en sus artículos. Aquí la inmensa mayoría de la gente no cree en tonterías, no se vaya usted a creer otra cosa.
¡Por supuesto señora! Uno ya ha viajado mucho y sabe diferenciar a las personas, no se preocupe –le respondí con un tono aburrido, de parrafada mil veces utilizada en estas situaciones–. Pero las luces, existen ¿verdad? –pregunté preocupado.
¡Sí, sí! Por eso no se preocupe. Las luces aparecen de vez en cuando, las ha visto mucha gente. Otra cosa es la explicación que se le da a las mismas. Podrían deberse a muchas cosas, vaya usted a saber. Lo que quiero decir es que usted no debería de hacer caso de la explicación que dan aquí algunos. ¡Son sólo unos ignorantes!
¿Y cuál es esa explicación? –pregunté.
¡Pues cual va a ser! ¡La misma por la que usted ha venido aquí! ¡No quiera hacerse ahora el tonto conmigo! –me respondió ofendida.
Le aseguro que solamente sé lo de las luces, pero no sé nada de posibles explicaciones, asombrosas o no. He venido con la poca información que me han dado en mi periódico: Luces en la oscuridad y revuelo en el pueblo. No sé nada más.
La posadera permaneció un momento en silencio. Parecía debatirse entre especular sobre las luces o ceñirse a su idea inicial de una explicación lógica, aunque aún no conocida. Finalmente, se decidió, y bajando la voz, como temiendo que alguien nos escuchara, dijo:
Algunos en el pueblo creen que lo que pasa es cosa del demonio, o algo así. Yo no he terminado de entenderlo bien, pero el sacristán afirma tener pruebas de todo ello. Incluso ha convencido a los padres de todos esos niños que enfermaron.
¿Qué niños han enfermado? –pregunté levantando la voz.
¿No sabe nada usted de los niños? ¡Pues menudo periodista! Mejor yo no le digo nada… No quiero líos. ¡Vaya y hable con el sacristán, que él gustoso le informará de todo, no tema! Vive enfrente de la iglesia, en la Plaza mayor. No tiene pérdida –. Y salió de la habitación sin ni siquiera despedirse.
No perdí el tiempo. Tras deshacer mi maleta, salí inmediatamente hacia la iglesia en busca del sacristán. En aquel momento pensé que, a lo mejor, éste viaje sí había valido la pena. ¡Que pronto me arrepentiría de haber sido tan curioso!

TÍTULO; Callejeros, LOS PITUFOS,.

11 Octubre- ‘Callejeros’: Los Pitufos Callejeros


Les conocen popularmente como ‘Los Pitufos’, pero lo único que une a los personajes del célebre cómic del belga Pierre Culliford con los más de mil vecinos del barrio onubense de La Orden es el color azul de algunas de las columnas centrales de sus viviendas. Sus protagonistas, sus costumbres y rutinas se verán reflejados en “Los Pitufos’, nueva entrega de “Callejeros” que Cuatro emite el viernes 11 de octubre (00:00h).
“Papá Pitufo murió hace muchos años y aquí sólo quedamos ya los pitufillos”, afirma Vicente, uno de los vecinos del barrio. Según Alba, otra vecina de La Orden en paro y a la espera de que su marido salga de prisión, “este es un barrio normal, con gente buena y gente mala como en todos lados”, cuenta mientras pasea a bordo de su descapotable nuevo: “me ha costado más de 4.000 euros que he pagado en metálico, los he ahorrado trabajando en el campo”.
“Callejeros” dará voz a otros ‘pitufos’ como José ‘La trianera’, conocido con este apodo entre los vecinos por las sevillanas de contenido erótico que compone y propietario de unos ultramarinos con servicio a domicilio que abre hasta las dos de la mañana. “Cada día me saco 400 o 500 euros”, asegura.
La tasa de paro en una de las calles del barrio, Gonzalo de Berceo, es muy alta. Pero no es ningún impedimento para Francisco, que está a punto de tener su cuarto hijo y que se dedica a cultivar uno de los nueve huertos que los vecinos han labrado aprovechando terrenos baldíos.
Para encontrar trabajo muchos omiten en su curriculum que su lugar de residencia son estas viviendas sociales, pese a que la situación ha cambiado por completo en los últimos años, según sus habitantes. Para ellos, la clave estuvo en marzo de 2009, cuando unos altercados con la Policía llevaron a los agentes a acordonar la zona durante varios días. A pesar de todo, ‘Los Pitufos’ intentan poner al mal tiempo buena cara y mirar con optimismo al futuro. Lo hacen desde las plazas traseras de los bloques, donde tiene lugar la mayor parte de la vida social al atardecer, cantando, bailando o compartiendo una barbacoa.

TÍTULO ; CINE, EL COLECCIONISTA DE AMANTES,.

Reparto
El coleccionista de amantesMorgan Freeman, Ashley Judd, Cary Elwes, Tony Goldwyn, Jay O. Sanders, Brian Cox, Mena Suvari, Tatyana M. Ali, Bill Nunn, Jeremy Piven, Alex McArthur, Richard T. Jones, Roma Maffia, Gina Ravera,.
 
 El Dr. Axel Cross (Morgan Freeman) es detective, psicólogo forense y escritor de éxito de novelas criminales. Cuando su sobrina Naomí desaparece, inicia su propia investigación. Siete chicas han desaparecido y se han encontrado dos cadáveres. Al lado del último de ellos ha aparecido una nota firmada 'Casanova'. Cross recibe la ayuda de Kate McTiernan (Ashley Judd), una joven doctora que ha conseguido escapar del secuestrador y puede ser la única persona capaz de identificar a 'Casanova'. A pesar de la reticencia inicial del detective, juntos emprenden una carrera contrarreloj para encontrar a la sobrina de Cross y descubrir la estremecedora verdad que se oculta tras su desaparición
 

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