personas tratan mejor a sus perros que sus semejantes"
El pueblo
Una y otra vez buscaba esperando encontrar un
resto de vida, pero las ventanas de las casas seguían a oscuras, sus
puertas cerradas, por las chimeneas no salía humo y ni siquiera se
escuchan los ladridos de los perros, esos mismos que la noche anterior
no me habían dejado dormir. Temía ser el único superviviente de algo que
no llegaba a entender, o pero aún, la siguiente y última víctima de
algo tan oscuro y poderoso que había sido capaz de hacer desaparecer a
toda una población con el máximo sigilo, en silencio absoluto, sin tan
siquiera dejar a las víctimas gritar de terror.
A aquel pueblo llegué tan solo
hacía dos días. Aquella mañana el sol brillaba con fuerza y su luz
nítida y pura llenaba el aire frío del invierno. El motivo de mi visita
era escribir sobre las supuestas apariciones misteriosas de unas luces
en las sierras cercanas; luces que se estaban observando de manera
continuada en las últimas noches y sobre las que muchos vecinos
afirmaban, con cierto miedo, que habían visto patrullar aquellos montes,
como si buscasen, de manera insistente, alguna cosa, o … ¡alguna
víctima!
A mi director
le encanta enviarme a lugares perdidos de la mano de Dios para que
escriba artículos sobre casos extraños y misteriosos con los que llenar
las páginas centrales de nuestro diario regional de segunda categoría,
que sobrevivía precisamente por artículos de aquel tipo, junto a los de
conspiraciones políticas, de carácter local, que escribían otros
colegas. Yo nunca he creído en nada sobrenatural, pero tengo que ganarme
el pan y pagar mis facturas, como todos, por lo que escribo estos
relatos con una cierta visión parcial e interesada. Describo fielmente
los hechos, por supuesto, pero siempre dejo una puerta abierta a
explicaciones poco ortodoxas. Incluso me afano mucho, a veces en demasía
para mi gusto, para poder dejar constancia de la opinión del más
crédulo e iluso de los lugareños que siempre encuentro en estos pueblos.
Las explicaciones de estos personajes resultan fantásticas y muy
entretenidas, por lo que son el aliño ideal a mis historias. Además,
estos lugareños siempre suelen contar alguna vieja leyenda, olvidada ya
casi por todos, con la que tratan de dar explicación o justificar los
hechos que investigo. Estos cuentos fantásticos, maravillosos, reflejo
de una mitología antigua y desconocida, son quizás los que atraen al
minoritario grupo de lectores inteligentes con los que un servidor
cuenta, al contrario que el resto, que viven obsesionados con fantasmas,
brujos, extraterrestres u otros muchos entes de los que se alimenta la
parapsicología y que yo me cuido mucho de servirle en mis relatos.
Pero
estaba hablando de mi llegada al pueblo. ¡La veo ahora tan lejana! Nada
más bajarme del autobús y con la calma que da la rutina, me dispuse a
caminar por aquellas pocas calles en busca de la posada donde había
reservado una habitación. Aquel día se celebraba el mercado semanal y
los puestos estaban abarrotados de gente. Crucé el gentío, que
desprendía aromas de fruta podrida mezclados con agua de colonia barata,
sintiéndome en todo momento
observado por los aldeanos, que apenas se esforzaban por disimular su
sorpresa al verse ante un forastero. Todos se giraban y me señalaban, al
igual que niños ante la caravana de un circo.
En
la posada me esperaba la propietaria, María, una mujerona grande y
robusta, con una cara redonda y un enorme moño, de la que solamente pude
deducir, tras una observación meticulosa, que quizás tuviera unos
cincuenta años, aunque aparentaba a simple vista muchos más. Tras las
formalidades del registro, me acompañó hasta la habitación y una vez allí, se interesó por mi trabajo.
–¡Con que
periodista! –me dijo nada más abrir la puerta de la habitación–. Espero
que no nos deje a los del pueblo como paletos en sus artículos. Aquí la
inmensa mayoría de la gente no cree en tonterías, no se vaya usted a
creer otra cosa.
–¡Por supuesto señora!
Uno ya ha viajado mucho y sabe diferenciar a las personas, no se
preocupe –le respondí con un tono aburrido, de parrafada mil veces
utilizada en estas situaciones–. Pero las luces, existen ¿verdad?
–pregunté preocupado.
–¡Sí, sí!
Por eso no se preocupe. Las luces aparecen de vez en cuando, las ha
visto mucha gente. Otra cosa es la explicación que se le da a las
mismas. Podrían deberse a muchas cosas, vaya usted a saber. Lo que
quiero decir es que usted no debería de hacer caso de la explicación que
dan aquí algunos. ¡Son sólo unos ignorantes!
–¿Y cuál es esa explicación? –pregunté.
–¡Pues
cual va a ser! ¡La misma por la que usted ha venido aquí! ¡No quiera
hacerse ahora el tonto conmigo! –me respondió ofendida.
–Le
aseguro que solamente sé lo de las luces, pero no sé nada de posibles
explicaciones, asombrosas o no. He venido con la poca información que me
han dado en mi periódico: Luces en la oscuridad y revuelo en el pueblo.
No sé nada más.
La
posadera permaneció un momento en silencio. Parecía debatirse entre
especular sobre las luces o ceñirse a su idea inicial de una explicación
lógica, aunque aún no conocida. Finalmente, se decidió, y bajando la
voz, como temiendo que alguien nos escuchara, dijo:
–Algunos
en el pueblo creen que lo que pasa es cosa del demonio, o algo así. Yo
no he terminado de entenderlo bien, pero el sacristán afirma tener
pruebas de todo ello. Incluso ha convencido a los padres de todos esos
niños que enfermaron.
–¿Qué niños han enfermado? –pregunté levantando la voz.
–¿No sabe
nada usted de los niños? ¡Pues menudo periodista! Mejor yo no le digo
nada… No quiero líos. ¡Vaya y hable con el sacristán, que él gustoso le
informará de todo, no tema! Vive enfrente de la iglesia, en la Plaza
mayor. No tiene pérdida –. Y salió de la habitación sin ni siquiera
despedirse.
No perdí
el tiempo. Tras deshacer mi maleta, salí inmediatamente hacia la iglesia
en busca del sacristán. En aquel momento pensé que, a lo mejor, éste
viaje sí había valido la pena. ¡Que pronto me arrepentiría de haber sido
tan curioso!
TÍTULO; Callejeros, LOS PITUFOS,.
11 Octubre- ‘Callejeros’: Los Pitufos Callejeros
Les
conocen popularmente como ‘Los Pitufos’, pero lo único que une a los
personajes del célebre cómic del belga Pierre Culliford con los más de
mil vecinos del barrio onubense de La Orden es el color azul de algunas
de las columnas centrales de sus viviendas. Sus protagonistas, sus
costumbres y rutinas se verán reflejados en “Los Pitufos’, nueva entrega de “Callejeros” que Cuatro emite el viernes 11 de octubre (00:00h).
“Papá Pitufo murió hace
muchos años y aquí sólo quedamos ya los pitufillos”, afirma Vicente,
uno de los vecinos del barrio. Según Alba, otra vecina de La Orden en
paro y a la espera de que su marido salga de prisión, “este es un barrio
normal, con gente buena y gente mala como en todos lados”, cuenta
mientras pasea a bordo de su descapotable nuevo: “me ha costado más de
4.000 euros que he pagado en metálico, los he ahorrado trabajando en el
campo”.
“Callejeros”
dará voz a otros ‘pitufos’ como José ‘La trianera’, conocido con este
apodo entre los vecinos por las sevillanas de contenido erótico que
compone y propietario de unos ultramarinos con servicio a domicilio que
abre hasta las dos de la mañana. “Cada día me saco 400 o 500 euros”,
asegura.
La tasa de paro en una
de las calles del barrio, Gonzalo de Berceo, es muy alta. Pero no es
ningún impedimento para Francisco, que está a punto de tener su cuarto
hijo y que se dedica a cultivar uno de los nueve huertos que los vecinos
han labrado aprovechando terrenos baldíos.
Para encontrar trabajo
muchos omiten en su curriculum que su lugar de residencia son estas
viviendas sociales, pese a que la situación ha cambiado por completo en
los últimos años, según sus habitantes. Para ellos, la clave estuvo en
marzo de 2009, cuando unos altercados con la Policía llevaron a los
agentes a acordonar la zona durante varios días. A pesar de todo, ‘Los
Pitufos’ intentan poner al mal tiempo buena cara y mirar con optimismo
al futuro. Lo hacen desde las plazas traseras de los bloques, donde
tiene lugar la mayor parte de la vida social al atardecer, cantando,
bailando o compartiendo una barbacoa.
TÍTULO ; CINE, EL COLECCIONISTA DE AMANTES,.
- Reparto
Morgan Freeman, Ashley Judd, Cary Elwes, Tony Goldwyn, Jay O. Sanders, Brian Cox, Mena Suvari, Tatyana M. Ali, Bill Nunn, Jeremy Piven, Alex McArthur, Richard T. Jones, Roma Maffia, Gina Ravera,.
- El Dr. Axel Cross (Morgan Freeman) es detective, psicólogo forense y escritor de éxito de novelas criminales. Cuando su sobrina Naomí desaparece, inicia su propia investigación. Siete chicas han desaparecido y se han encontrado dos cadáveres. Al lado del último de ellos ha aparecido una nota firmada 'Casanova'. Cross recibe la ayuda de Kate McTiernan (Ashley Judd), una joven doctora que ha conseguido escapar del secuestrador y puede ser la única persona capaz de identificar a 'Casanova'. A pesar de la reticencia inicial del detective, juntos emprenden una carrera contrarreloj para encontrar a la sobrina de Cross y descubrir la estremecedora verdad que se oculta tras su desaparición
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