Fernando
Fuentes estudió Bellas Artes soñando con convertirse en un diseñador
gráfico reconocido. Natural de Talavera de la Reina (Toledo) ...-foto
Fernando Fuentes Cofundador y director creativo de Homeland Studios,.
«En España somos aficionados a los booms y muy dados a la
exageración y el emprender parece otra burbuja que algún día explotará»,
asegura,.
Fernando Fuentes estudió Bellas Artes soñando con convertirse en un
diseñador gráfico reconocido. Natural de Talavera de la Reina (Toledo),
decidió dejar un exitoso trabajo fijo en un estudio de diseño en Madrid
para crear en Extremadura Homeland Studio, su propio proyecto
empresarial. Eligió esta tierra porque se hunden en ella sus raíces y
las de su mujer y socia pero, sobre todo, porque buscaban calidad de
vida y poder dirigir sus destinos profesionales en un entorno más
amigable que la gran urbe. En tres años ha conseguido realizar trabajos
con proyección internacional y valora positivamente el clima
colaborativo que han encontrado dentro del sector en la región. Y aunque
no daría un paso atrás, confiesa que es mucho más fácil y cómodo
trabajar por cuenta ajena. -¿Por qué estudió Bellas Artes?
-No creo que hubiera podido estudiar otra cosa. Tomé la decisión en
el último curso de secundaria, cambiando radicalmente mi especialidad
-que por aquel entonces era científica-técnica- a estudios de Arte. La
verdad es que siempre me habían interesado todas aquellas materias, me
encantaba estudiar la Historia del Arte y perderme en los colores y los
volúmenes. Digamos que estudiar Bellas Artes no es precisamente
considerado como la mejor decisión en el entorno familiar, y hasta diría
que socialmente está mal visto, seguramente por desconocimiento de lo
que significan las Humanidades. En mi caso fue una de las mejores
decisiones de mi vida.
En el pasillo de los niños felices, Ainhara (siete años), cuerpecillo estirado en una camilla con sábanas del SES, piernas cruzadas y sonrisa ...
Más de 200 extremeños tienen implantes cocleares, una cirugía que soluciona la sordera y cambia la vida,.
La región es referente nacional en este tipo de operaciones, que
cada vez más se practican a críos de un año y en los dos oídos a la
vez,.
En el pasillo de los niños felices, Ainhara (siete años), cuerpecillo
estirado en una camilla con sábanas del SES, piernas cruzadas y sonrisa
fija en la cara, le hace gracias a la doctora que le limpia los oídos
ayudándose de una pantalla en la que la oreja parece una mansión con
todas sus puertas abiertas. Lorena (a punto de cumplir tres) echa
carreras de puerta a puerta con un globo hinchado en cada mano. Y David
(cinco), gafas de montura azul y verde, maneja con extraordinaria
soltura una 'tablet' mientras parlotea con Juan (25 meses), un terremoto
al que conviene no perder de vista por su querencia a trepar por las
barandillas.
En ese pasillo del buen rollo también hay sitio para que la doctora
Lavilla despida a golpe de besazos y achuchones a una anciana ciega que
sale de la consulta con sus brazos entrelazados a los de dos mujeres,
una a cada lado. Y para que Víctor Trancón (78 años, de Rosalejo, al
lado de Navalmoral de la Mata) le pida a su hija con la mirada que le
deje hablar, que es él quien quiere contar en primera persona lo
contento que está, o que le ha cambiado la vida ese aparato redondo,
marrón, que asoma entre su pelo blanco, tres dedos por encima de la
oreja derecha. Eso es un implante coclear, este es el pasillo de la
Unidad de Implantes Cocleares e Hipoacusia del Servicio Extremeño de
Salud, en el Hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres, y Ainhara,
Lorena, David, Juan, la anciana y Víctor son implantados cocleares. Esas
dos palabras -que probablemente, ni los padres de los críos ni los
hijos de los mayores conocían hasta cierto momento triste de sus guiones
existenciales- son el motivo de tanta felicidad.
Todos ellos padecen sordera severo-profunda, en el caso de los niños
desde su nacimiento. A ninguno le funciona bien la cóclea, un conducto
enrollado en espiral, parecido a un caracol y que es parte fundamental
del oído interno. Su misión consiste en transformar los sonidos en
impulsos nerviosos y enviarlos al cerebro. Cuando no es capaz de
realizar esta función, falla el sentido del oído. Y esto significa mucho
más que no escuchar: dificulta y puede llegar a imposibilitar la
comunicación, afecta al cerebro, y de forma especial al desarrollo de
las capacidades en el caso de los niños. A estos efectos, suele
distinguirse entre dos tipos de población: quienes son sordos desde
antes de haber adquirido el lenguaje (prelocutivos), normalmente al
nacer o en los meses siguientes, y quienes ya escuchaban y hablaban y
dejan de oír (postlocutivos), como es el caso de Víctor Trancón.
«A mí, el implante me ha cambiado la vida», resume el hombre, que no
sale de casa sin el paquete de pilas en el bolsillo del pantalón, por si
el aparato se apaga. «En el año 2005 -cuenta- me quedé sordo del oído
izquierdo, de un día para otro, me levanté por la mañana y no oía». El
otro, el derecho, no le valía para nada desde hacía cuarenta años,
«cosas de antes, enfermedades de aquella época...», sugiere. «Fui al
médico, me pusieron audífonos durante nueve meses pero no me valieron
para nada, no oía, me acomplejé y no quería salir de casa, hasta que me
hicieron el implante». Recuperó el buen humor y la autoestima, volvió a
conducir su coche y retomó la costumbre de salir con los amigos a pasear
o a tomar algo en el bar. Si hay partido de fútbol y la clientela da
voces, Víctor pulsa un botón de su implante, cambia el programa y asunto
resuelto.
Mari Ángeles, madre de Lorena: "La operación con 14 meses, va a cumplir tres ayños y es una niña que se pasa el día hablando". /
marisa núñez
Su conversación sincera tiene como fondo los gritos y las risas de
Lorena, carrera va carrera viene. Él sabe quién es esa cría de pelo
rizado «que está todo el día hablando y a la que no se le pone nada por
delante», en palabras de su madre. Víctor Trancón la conoce bien porque
el jubilado y la niña se han visto muchas tardes una planta más arriba,
en este mismo hospital. En concreto, a las puertas de la consulta de Ana
Palomino, una de las logopedas de la Unidad, que tiene en su despacho
una mesa con una decena de fotos enmarcadas de niños y niñas vestidos de
primera comunión.
La tarea del logopeda
«Unos más y otro menos, pero todos han progresado», dice la logopeda,
a la que le quedan unos días para jubilarse, y a quien le entran ganas
de llorar -lo admite ella cuando se le tuerce el gesto- al recordar la
tarde en que la avisaron para que saliera un momento, lo hizo y se llevó
una sorpresa. Fuera de la consulta, se encontró con unos cuantos
padres, y junto a ellos, sus hijos, esos niños a los que entre juego y
juego, risa y risa, regañina y regañina, Ana Palomino va enseñando a
escuchar, a hablar, a pronunciar. Da fe de aquel episodio emocionante la
limpiadora de la planta, que atiende a lo que cuenta Ana y se echa la
mano al bolsillo de la bata para sacar su teléfono móvil y buscar las
fotos de ese momento.
«Son críos a los que ves varios días a la semana durante meses»,
justifica ella, que tiene claro que «eso que se dice a veces de que con
ciertos casos, el trabajo no vale para nada es mentira». «Este tipo de
trabajo con pacientes con implantes cocleares -asegura la logopeda a
punto de la retirada- vale siempre, porque siempre mejoran, siempre se
logran resultados, y no digamos ya si la operación se la han hecho
siendo pequeñitos».
Su reflexión tiene una base científica, se apoya en un concepto que
conocen de primera mano los padres de los pequeños que han pasado por
esta Unidad. Es la plasticidad cerebral. «Se refiere a la capacidad del
cerebro para recuperar funciones perdidas», resume María José Lavilla,
aragonesa, otorrinolaringóloga y jefa de la Unidad. «Esa capacidad
-amplía la especialista- se mantiene hasta los seis años de edad, pero
es máxima hasta el año de vida». O sea, en los implantes cocleares
también se juega con el reloj vital. Cuanto antes se hagan, menos le
costará al niño aprender, y en definitiva, más fácil le resultará
comunicarse con el mundo.
La doctora Lavilla limpia los oídos de Ainhara, que no pierde la sonrisa. De pie, María, la madre. /
MARISA NÚÑEZ
Desde el año 2001, cuando empezó a funcionar esta Unidad en la
región, se han realizado 252 implantes, 89 de ellos a menores de edad. Y
desde hace unos años, por esta consulta del Hospital San Pedro de
Alcántara pasan cada vez niños más pequeños. «Extremadura -explica la
doctora Lavilla- fue pionera en desarrollar un programa de detección
universal de la sordera, gracias al trabajo del doctor Germán Trinidad,
del Hospital Perpetuo Socorro de Badajoz, que empezó hace unos quince
años». Ese plan establece que a los dos o tres días de vida, al bebé se
le practica una prueba denominada otoemisiones, que permite comprobar si
la cóclea funciona bien. Si se intuyen problemas, se pasa al siguiente
escalón, en el que nuevos exámenes determinarán el alcance de la
enfermedad. «A los seis meses de vida tenemos un diagnóstico, y antes de
los doce se le puede estar operando», resume la jefa de la Unidad.
Si los audífonos no solucionan el problema, hay que pasar por el
quirófano, donde cada vez es más frecuente que se haga lo que la jerga
médica denomina 'implante simultáneo o secuencial', esto es, uno en cada
oído en la misma intervención. Extremadura es una de las pocas regiones
cuya sanidad pública cubre este tipo de doble cirugía. Ya se han hecho
23 implantes bilaterales, 12 de ellos simultáneos (en los dos oídos a la
vez) y 11 diferidos (en dos tiempos). Y se han realizado treinta
implantes a menores de quince meses.
Uno de ellos es David Caballero (cinco años), que «nació sordo por un
problema durante el parto», recuerda Valentina López, su madre. Les
dieron la noticia cuando el crío tenía 48 horas de vida, y a los trece
meses le estaban operando. ¿Cuál es el balance a día de hoy? «Como pasar
de cero a cien», define Manuel, el padre. «Estupendo», dice la madre,
que cada noche, antes de acostarse, pone a cargar las baterías del
implante de David. Ese aparato no se lo tapa su media melena. El día que
tenga que pasar por el peluquero, volverán a hacer lo de otras veces:
cortarle primero una mitad de la cabeza y luego otra, para no
fastidiarle quitándole los dos aparatos a la vez y por tanto, dejándole
sordo durante un rato.
En la bañera y la piscina
«Mi hijo -apunta el padre- lleva una vida normal, excepto cuando hay
agua». El implante es tecnología, y funcione con pilas o con batería, no
puede mojarse. «En la piscina -cuenta Manuel Caballero-, él entiende
sin problemas palabras que escucha habitualmente, órdenes y cosas así,
porque ha desarrollado la capacidad de lectura labial». «No sólo no
tiene ningún retraso respecto a sus compañeros de clase -explica el
padre de David-, es que va incluso un poco por delante, porque va al
logopeda a diario en el colegio y también a otro en el pueblo, y entre
uno y otro le dan muchísima información y está muy estimulado, y si en
algún momento sufre un parón, que sería normal, no se quedaría tan
atrás».
Manuel y Valentina, los padres de David, hablan, y les escuchan con
atención Juan Manuel y Eva, los de Juan Caballero, que tiene 25 meses.
El próximo 6 de junio hará un año que se sometió al implante coclear
simultáneo. «Desde entonces, todo ha ido fenomenal», asegura ella. «Ha
sido como pasar de la noche al día», apostilla él.
Juan está a dos pasos de ellos. Sentado en el suelo, con su amigo
David. Y no hay nada en ellos, en lo que hacen, en cómo responden cuando
un adulto les llama o en su forma de hablar que invite a pensar que
tienen un problema. No hay nada más allá de que no paran. Y lo mismo
Lorena, que un día, viendo la tele en casa, hizo un gesto que a su madre
le llamó la atención. «No sé explicar qué fue, pero hizo algo raro, lo
hizo y le dije a mi marido 'esta niño no oye'», recuerda María Ángeles,
la madre. Después, supieron que todo lo que hacía y decía la niña era
por imitación a Inés, su hermana melliza.
Aquel gesto definitivo fue a finales de mayo, y en septiembre, Lorena
pasó por el quirófano. Entre una fecha y otra, la niña y los padres
estuvieron en consultas de especialistas en Granada, Pamplona y Bilbao.
«Y nos dijeron -explica María Ángeles- que para qué íbamos a ningún
sitio siendo de Mérida y teniendo en Cáceres una unidad estupenda». Algo
de lo que no tiene duda la doctora que dirige ese equipo. Juan, de 25 meses, se agarra por el hombro de su padre, Juan Manuel, en el pasillo de la Unidad de Implantes cocleares. /
MARISA NÚÑEZ
«Un paciente que salga de Extremadura no va a encontrar nada mejor,
aunque se vaya a Houston», asegura María José Lavilla, la única persona a
quien Ainhara deje que le limpie los oídos. Ella se tumba, sonríe, mira
a sus padres, echa un vistazo de reojo a la cámara en la que se ve su
oído, habla con la doctora... «El momento más duro es cuando te dicen
que es sorda profunda bilateral, ahí se te cae el mundo encima», cuenta
María, la madre de la criatura. Ni ella ni Alfonso, el padre, necesitan
hacer un esfuerzo para recordar cómo pasó todo. «En la prueba de cribado
-cuenta el padre-, Ainhara dio todo bien, pero a los seis meses o así
notamos que algo no marchaba, la niña no reaccionaba a los estímulos».
El primer paso fue ir al pediatra, que no advirtió en la cría, según
recuerda la madre, nada preocupante. Después, tres consultas en
especialistas de la sanidad privada. Pero el panorama no se aclaró hasta
que pasaron por el Hospital San Pedro de Alcántara. «Al día siguiente
de la primera consulta ya se estaba planteando la posibilidad de
operarla», recuerda Alfonso, a quien no le costó dar el paso, físico y
emocional, de aceptar que operaran a su única hija. «La doctora Lavilla
me convenció a mí y yo convencí a mi mujer», recuerda ahora el padre de
Ainhara, que mira hacia atrás y sólo se arrepiente de una cosa. «De no
haberle hecho el segundo implante antes», afirma.
A la hija de Alfonso y María le pusieron el primero cuando tenía dos
años y medio, y el segundo dos años más tarde. La primera de las dos
intervenciones duró cinco horas y media, y seis horas después de salir
del quirófano, Ainhara ya corría por los pasillos. La semana pasada
volvió allí. A que la doctora le limpiara los oídos y a despedirse de
Ana, la logopeda. Todo lo hizo con una sonrisa en la cara. Y corriendo.
De aquí para allá. De puerta en puerta. Por un pasillo que no parece el
de un hospital.
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