martes, 6 de enero de 2026

Metrópolis - Vintage 15 ,. / DIAS DE TOROS - El fenómeno taurino de Canal Sur se cuela en las Campanadas de fin de año ,. / Retratos con alma - El pueblo de mi madre,.

 TITULO: Metrópolis - Vintage 15 ,.   

  El lunes - 12 - Enero los lunes a partir de las 00:30, en La2, foto,.

 Vintage 15,.

Metrópolis - Vintage 15

 Metrópolis presenta el capítulo 15 de su serie Vintage, dedicado a la plástica internacional de los años 80, la década que vio un boom del mercado del arte sin precedentes, así como el retorno del arte contemporáneo a galerías y museos.

TITULO:  DIAS DE TOROS  - El fenómeno taurino de Canal Sur se cuela en las Campanadas de fin de año,.

 

El fenómeno taurino de Canal Sur se cuela en las Campanadas de fin de año,.

El periodista andaluz se suma a Toñi Moreno y Ana Hinestrosa para despedir el año desde Sierra Nevada, consolidando su impacto mediático más allá del mundo del toro,.

Toñi Moreno y Enrique Romero presentarán las Campanadas de Canal Sur desde Sierra Nevada. REMITIDA / HANDOUT por CANAL SUR Fotografía remitida a medios de comunicación exclusivamente para ilustrar la noticia a la que hace referencia la imagen, y citando la procedencia de la imagen en la firma 15/12/2025
 
foto - Toñi Moreno, Enrique Romero y Ana Hinestrosa presentarán las campanadas de Canal Sur desde Sierra Nevada,.

Enrique Romero no necesita plaza ni micrófono para demostrar el peso del toro en la televisión andaluza. Este año, Canal Sur lo ha colocado en primera línea para dar las Campanadas de 2025-2026 junto a Toñi Moreno y Ana Hinestrosa. No es casualidad: su labor al frente de "Toros para todos" ha transformado un programa especializado en un fenómeno transversal, que rompe audímetros y conecta con públicos muy diversos, incluso ajenos a la tauromaquia.

Su elección como maestro de ceremonias en la noche más simbólica del año es también un reconocimiento al éxito sostenido de un formato que prioriza la vida del toro en la dehesa como expresión cultural. Romero no solo presenta: dirige, graba y construye un relato visual que ha logrado emocionar a miles de espectadores cada fin de semana. El dato es rotundo: hasta un 37% de share en sus mejores días, y una media anual del 16-18% que supera con holgura la media de la cadena.

Este 31 de diciembre, Romero no solo acompañará a los andaluces en sus uvas; llevará consigo a todo un mundo rural, silenciado demasiadas veces, que ha encontrado en su programa una ventana propia. Su estilo cercano, su manera de narrar desde dentro de las fincas y su capacidad para poner al toro en primer plano sin necesidad de lidiarlo han sido clave para conectar con nuevas audiencias. Y esa conexión no se compra: se gana.

La propia Toñi Moreno, también conductora de las Campanadas, no escondió su entusiasmo —y sus nervios— al compartir pantalla con él. "La expresividad de Enrique es una locura", confesó entre risas. Romero, por su parte, recordó cómo hace solo cuatro años veía las Campanadas desde la UCI, entre vida y muerte. "Si es con Canal Sur, me tomo las uvas", dijo entonces a una enfermera. Hoy, ese recuerdo adquiere otra dimensión: no solo las verá, las presentará.

Mientras las cadenas nacionales apuestan por fórmulas repetidas, Canal Sur responde con identidad propia. Romero simboliza algo que va más allá de la audiencia: representa la vigencia del toro como símbolo popular en una Andalucía que sigue defendiendo su diversidad cultural frente a modas pasajeras. Y lo hace sin estridencias, sin discurso victimista, simplemente demostrando que el toro interesa… cuando se cuenta bien.

"Toros para todos" ha traspasado el plató para convertirse en un fenómeno social. Su canal de YouTube acumula millones de visualizaciones, sus retransmisiones taurinas baten récords —como el 19,6% de share en la Feria de Málaga— y su presentador ahora pone la guinda al 2025 desde Sierra Nevada. Enrique Romero no es solo "el de los toros": es la prueba de que el toro, contado con sensibilidad y rigor, sigue teniendo mucho que decir en la televisión pública.

 

TITULO:  Retratos con alma -  El pueblo de mi madre  ,.

 

La periodista Isabel Gemio regresa a la televisión para presentar 'Retratos con alma', el nuevo programa producido por RTVE en colaboración,.  

 

 Lunes - 12 - Enero a las 22:40 horas en La 1 / foto,.

El pueblo de mi madre,.

 

 

 
Estación de Logroño, años cuarenta,.

Me daban las vacaciones, empezaba a apretar el calor, se enteraban mis padres de que me había bañado en el río, y decidían enviarme «al pueblo»; una tarde, cuando Logroño era el lugar más hermoso del mundo, me compraban unas alpargatas de cáñamo y me ponían en manos de Calixto. Calixto, hombre de pocas palabras, fuerte como un toro y propietario del único vehículo a motor existente en el pueblo de mi madre, me instalaba en la cabina de su camión, y sin darse cuenta de lo triste que me ponía aquel viaje hecho en el atardecer, me sacaba de mi ciudad por el Puente de Hierro.

La tristeza resultaba tolerable mientras rodábamos por la carretera de Vitoria, entre el familiar paisaje de regadíos y viñedos, sin separarnos demasiado de las riberas verdes del Ebro; lo peor empezaba en Asa, al tomar aquel camino sin asfalto, empinado y retorcido, que salvaba barrancos, trigos y olivares, atravesaba Lanciego entre dos luces, y nos dejaba en Cripán, junto a la sierra de Toloño, cuando ya había cerrado la noche. Habíamos recorrido menos de veinte kilómetros, y, sin embargo, yo me sentía perdido y solo en el último rincón de la tierra.

La casa de mis tíos era de piedra. Ellos sentían llegar el camión y me esperaban en el portal, sobre el suelo de tierra apisonada. Hasta él llegaba el calor de la cuadra, situada al fondo, y mientras subíamos por las escaleras me preguntaban por la familia. En la cocina, pequeña y encalada, ardía un fuego que nada tenía de alegre. Cerca del cepo —el tronco grueso que entraba en el hogar a medida que se consumía— las trébedes sostenían los pucheros, y pendiente de la chimenea se balanceaba el cubo de hierro, negro y requemado, con la comida de los cerdos. Mis tíos me hacían sitio en la mesa baja, maciza y pequeñísima, y tras una oración, «escudillaban». Se comía por el sistema de cucharada y paso atrás, alejados de la mesa y todos de la misma fuente, más al resplandor de la lumbre que a la luz de la débil bombilla que colgaba del techo. Cuando terminábamos, me daban un candil —en el alto no había instalación eléctrica— y me subían a mi cuarto, una habitación blanca y ocupada casi enteramente por una enorme cama de hierro. Me costaba mucho dormirme en aquellos colchones extraños, uno de hojas de maíz y el otro de borra, y pasaba lo mío oyendo silbar en la ventana el viento oscuro y frío de la sierra; pienso que alguna de aquellas primeras noches no tuve más remedio que llorar.

Con el amanecer, las cosas eran más fáciles; entraba el sol en mi cuarto, y abajo, en la calle enguijada, se oía cantar a los gallos, pisar a las caballerías, gruñir a los cerdos; pasaban los pastores llamando a las cabras, a los muletos, uno sonando una corneta y el otro un cencerro, y poco después yo mismo, calentadas las tripas con un litro de leche de cabra, entraba en la vida del pueblo, dispuesto a descubrirlo cada verano como si nunca lo hubiera visto hasta entonces.

Era pequeño, edificado con piedra, desnivelado y apasionante. Los vecinos iban y venían, dedicados a acarrear la mies recién segada, que llegaba a las eras a lomos de caballos, asnos y mulos. En los soportales del ayuntamiento siempre había alguien preparando el centeno que servía para atar los haces de trigo o de cebada: primero golpeaban las espigas, negruzcas, para que se soltara el grano, y después peinaban las largas pajas entre los dientes de un horquillo de hierro. En la fuente frontera, las caballerías bebían larga y despaciosamente, mientras sus dueños les silbaban como si fueran pájaros. Detrás del pilón estaba el lavadero, del cual salía un riachuelo azulado, jabonoso, que corría calle abajo arrastrando inmundicias y entreteniendo a unos patos. Contra el muro de la iglesia, el juego de pelota, solitario, tenía menos interés que cualquier otra cosa del pueblo; si me acercaba a él, terminaba por acodarme en la barbacana junto a unos viejos somnolientos, para tratar de distinguir allá abajo la mancha blanca que sobre la tierra ocre y azul era Logroño. Lo evitaba, y prefería buscar nidos en los olmos cercanos, caminar bajo el sol y sobre las piedras hasta los frutales de Carlagüen, pasarme las horas viendo regar los bancales de hortalizas de Carralaisa, o, mejor todavía, subir al monte para esperar encontrar todos los misterios del mundo bajo las copas de los robles, de las encinas, de los avellanos, de las hayas, que cubrían las laderas húmedas y frescas, asomadas a la Rioja Alavesa.

A los pocos días de haber llegado, descubría de repente que el más divertido juego era ayudar a los hombres, y me ponía a jugar al juego del trabajo con toda mi alma: iba sobre un mulo hasta los rastrojos recién pelados, ayudaba a acarrear los haces, gritaba «arre» y «so» caminando detrás de los animales, veía crecer las hacinas en la era, bebía vino levantando hacia el cielo la bota, silbaba al abrevar el ganado, e incluso mascullaba a escondidas alguna palabra gorda, como «órdiga» o «me caso en la pared». Luego empezaba la trilla, y Cripán se hacía mucho más hermoso que Logroño: me gustaba sentirme centro de las espirales inacabables que trazaban los trillos sobre la mies, y ayudaba a dar vuelta a la parva con una horquilla de madera; me sabía alguien importante cuando mis tíos me trataban de igual a igual al echar «el trago de las once», y era sencillamente feliz al atardecer, lanzando al aire la paja y el grano, y viendo como la faena de aventar iba creando sobre la era unos montones dorados, olorosos, dulces, casi carnales.

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