DESAYUNO CENA FIN SABADO - Cómo debe vestir un hombre en una cita con Shakira,. / Viaje con nosotros - El huevo de colon telecinco - “De las familias heredas las locuras y algunos de los tesoros culturales que más te marcan”,. / POLICÍAS EN ACCIÓN - Un muerto y una crónica,. / 3 RAZONES CON - Garzones y pavonas,.
TITULO: DESAYUNO CENA FIN SABADO - Cómo debe vestir un hombre en una cita con Shakira ,.
DESAYUNO CENA FIN SABADO - Cómo debe vestir un hombre en una cita con Shakira ,
fotos,.
Cómo debe vestir un hombre en una cita con Shakira,.
"Tras
descartar la guayabera y la camiseta del Barça, opté por un aire
informal. A los famosos les gusta que seas natural en el trato con
ellos", reflexiona nuestro columnista mientras prepara su encuentro con
la colombiana,.
Shakira, en un concierto de su gira El Dorado World Tour. Ella siempre sabe qué ponerse.
“Shakira
ha pedido expresamente que seas tú el que vaya a entrevistarla”. Me
sorprendió mucho el mensaje. La última vez que había hecho algo con
ella, periodísticamente hablando, había sido en 2016 con motivo de su
participación en la película de Disney Zootrópolis y tras entrevistarla
había titulado, con enorme salero: “Shakira: ‘Todos tenemos una conejita
dentro que sueña con cosas grandes”, lo que hizo arquear más de una
ceja. Era una frase textual de la artista que se refería a la
protagonista del filme de dibujos animados, la coneja Judy Hopps, una
prima putativa de Bugs Bunny que alcanzaba.
TITULO:
Viaje con nosotros - El
huevo de colon telecinco - “De las familias heredas las locuras y algunos de los tesoros culturales que más te marcan”,.
Javier Gurruchaga lo presenta - Fue estrenado en Telecinco
el 4 de julio de 1992, y se emitía los sábados a las diez de la noche.
Era un programa de variedades que incluía actuaciones musicales, una
sección de cámara oculta y varios juegos de habilidad en antena.
“De las familias heredas las locuras y algunos de los tesoros culturales que más te marcan”,.
Jacinto Antón. Foto: El
periodista Jacinto Antón repasa en esta extensa entrevista su
trayectoria vital y profesional. En esta primera entrega narra la
formación de su imaginario.
Antes
de internet y las redes sociales, la lectura de los diarios era casi
una herencia familiar, una especie de genética cultural que pasaba de
padres a hijos. Uno leía el periódico que encontraba en casa, atraído,
al principio, por el titular, la exclusiva, el escándalo que había oído
comentar durante la comida. Un tiempo después, cuando su consulta
formaba ya parte de los hábitos comunes, se reparaba en que detrás de
cada artículo, titular o reportaje había un nombre y, de esta manera, se
dejaba de seguir una cabecera o línea editorial para buscar a ese
pelotón de cronistas que escribían sobre los temas que te interesaban.
Jacinto Antón
fue de los primeros periodistas que uno aprendió a reconocer en medio
de esa pleamar de iniciales y apellidos. Él nutría la imaginación
universitaria que aún se tenía por entonces con toda esa pléyade de
exploradores, viajeros y descubrimientos arqueológicos de los que daba
noticias y por los que uno, que ha estudiado en la facultad de
Historia, se sentía tan atraído, y que, él, con el tiempo, ha ido
consignando en libros como Héroes, aventureros y cobardes o Pilotos, caimanes y otras aventuras.
Después, quizá porque el destino discurre por senderos secretos, casi
indescifrables, se ha acabado compartiendo con Jacinto Antón este oficio
que es la prensa escrita y, de paso, también, algún viaje, pudiendo uno
conocer muchos más relatos, aunque en esas ocasiones de viva voz, como
sucedió en Siria o, como en el caso de este encuentro, en Egipto, a la
sombra de las pirámides. —Su abuelo fue piloto de aviones. ¿Le influyó mucho?
"Tener
un abuelo que fue aviador y que tuvo una muerte trágica, porque lo
mataron de un tiro cuando mi padre era muy pequeño, creó una figura
legendaria"
—Sí. Desde pequeño oía en casa
historias épicas sobre él y la familia de mi padre, que habían sido
militares de carrera. En mi familia hubo almirantes. Uno mandaba la
flota de Filipinas durante la época de la pérdida de esta colonia. Mi
abuelo era oficial de la armada y piloto naval, lo que serían los Top
Gun ahora. En ese momento la aviación embarcada funcionaba con unos
portaviones antiguos que eran una especie de barcos reconvertidos con
una cubierta. Eran hidroaviones que aterrizaban en el agua, los recogían
con una grúa y los montaban en la cubierta. Se llamaban “portahidros”.
Él había llegado a ser comandante del primer Dédalo en los años 30. Era
aviador naval. Participó en el desembarco de Alhucemas y las campañas
contra las cabilas en Marruecos. Estas historias que oí, en las que
había aviones y sables, me dejaron un poso. El interés por la aventura
crees que se ha generado solo, pero seguramente estaba inspirado por
estas historias que escuché por primera vez en casa. Tener un abuelo que
fue aviador y que tuvo una muerte trágica, porque lo mataron de un tiro
cuando mi padre era muy pequeño, creó una figura legendaria. —Y está su familia materna.
—Por
ese lado hay diplomáticos. Mi madre desde pequeña viajó mucho, porque
todos acompañaban a mi abuelo, que fue embajador en Dinamarca, París,
Nueva York… Esto me dejó la herencia por viajar. En mi casa había un
viejo baúl de mi abuelo con cartas consulares y diplomáticas. Recuerdo
haber leído, cuando era niño, el protocolo de la corte danesa, de los
años en que estuvieron destacados en Copenhague. Estos dos mundos se
combinan. Mi madre era venezolana, y de esa clase política que había en
Latinoamérica, que ha desparecido completamente, y que era gente muy
cultivada. Mi abuelo materno, aparte de diplomático, también era
catedrático de griego y de latín, con lo cual todo el mundo de las
letras clásicas estaba presente en casa. Mis padres se conocieron porque
mi abuelo estuvo exiliado en Barcelona, con la dictadura de Marcos
Pérez Jiménez en Venezuela. Estuvieron unos años en España y después se
fueron, pero dejaron parte de la biblioteca itinerante a mi padre. Yo he
conservado parte de esos libros, y ahí hay ediciones antiguas de
Virgilio, Ovidio… He convivido con ellos toda mi vida. —¿Esas son las primeras lecturas que le influyen?
"Mi
madre decía que no entendía por qué llamaban realismo mágico a las
novelas que escribía Gabriel García Márquez, porque era puro realismo"
—Tenía
por un lado al abuelo militar y aviador; por otro lado, al diplomático y
viajero. Después esta parte exótica de Venezuela, que me trajo los
relatos, que eran cotidianos, de arañas, serpientes y tiburones. Mi
madre decía que no entendía por qué llamaban realismo mágico a las
novelas que escribía Gabriel García Márquez, porque era puro realismo.
La relación con la naturaleza, este aspecto espiritual del ser humano,
lo tenía presente. Si además añades a eso esta parte de la historia de
la literatura y libros de mi abuelo, pues de aquí sale todo. —Pero los clásicos, Heródoto, César, te van definiendo…
—El
elemento fundamental que lo une todo son los libros. Todo lo he buscado
en los libros. En mi casa había una biblioteca enorme. En la biblioteca
de mi padre, que había heredado en parte de la de mi abuelo, había
sobre todo clásicos. Desde pequeño estaba familiarizado con la Iliada y la Odisea.
Ahora parece un poco pedante, porque en esta época parece que leer los
clásicos es elitista, pero para mí eran muy cercanos. Todo formaba parte
de un mundo mío. Mi madre también tenía una biblioteca de novela muy
buena. Tenía libros que entonces eran denostados, como considerados de
baja literatura, pero que luego se han convertido en alta literatura.
Ahí estaban todas las biografías de Stefan Zweig, Sinuhé el egipcio,
de Mika Waltari, que era una lectura habitual en la burguesía, o Frank
Slaughter. No eran clásicos, pero también te daban una perspectiva de lo
apasionante que es la lectura. —¿Dónde te encontraste con Conrad y Stevenson?
—Me
hacían regalos de vez en cuando y, entre ellos, recibí los libros de
Karl May, Stevenson, Salgari… “Que el niño vaya leyendo novelas de
aventuras”. Lo más importante era la disponibilidad de libros. Cuando
era joven había solo un canal de televisión, el cine y los libros. —¿Y Lord Jim? Por el que siente admiración.
"José María Pou me reconoció hace poco que creía que había leído Moby Dick, y lo que pasa es que lo había leído en una versión para jóvenes"
—Primero vi la película, cuando era bastante joven. Hubo muy buenas adaptaciones de novelas de aventuras, como La isla del tesoro.
Todos vimos las películas antes de leer el libro completo, y todos
hemos tenido acceso a los clásicos en versiones más cortas para jóvenes.
José María Pou me reconoció hace poco que creía que había leído Moby Dick, y lo que pasa es que lo había leído en una versión para jóvenes. Cuando lees entero Moby Dick es otra cosa. Cuando lees estas obras de verdad te das cuenta de la intensidad que tienen. Incluso Salgari. —El cine, ¿como influyó?
—Es
muy generacional. Era la vía de escape. En una época en que no se
viajaba, era la puerta de escape. Los libros te ponían en marcha la
imaginación, pero el cine te daba las imágenes para proyectar lo que
leías en los libros. Si leías libros sobre el oeste americano, como James Fenimore Cooper, tendías a revestirlos con las imágenes del western
y el cómic. El cómic juega un papel esencial en la formación del
imaginario de mi generación. Pero películas veíamos muchas. Cada fin de
semana, sábado y domingo, ibas al cine, y como eran sesiones continuas,
podías ver la película otra vez, un fenómeno que la gente ya no
recuerda: disfrutar viendo una película varias veces seguidas. Murieron con las botas puestas la vi tres veces la misma tarde. —¿Cuál fue su primer viaje?
"Mi viaje iniciático fue a Polonia. Era como ir a la luna. Era el telón de acero, la Polonia comunista"
—Empecé
a viajar tarde, porque en mi generación no era habitual. Pero mi viaje
iniciático fue a Polonia. Debía tener alrededor de 18 años. Había estado
antes en Italia y Francia. Pero Polonia era como ir a la luna. Era el
telón de acero, la Polonia comunista. Había que atravesar Alemania del
Este. Fui en tren. Acudí allí, porque estudié teatro en el instituto del
teatro de Barcelona, una escuela oficial, donde aterricé en un momento
muy bueno, porque coincidí con algunas de las grandes personalidades del
teatro. Estaban Lluís Pasqual, Albert Boadella, Albert Vidal, Iago
Pericot… los profesores eran los profesionales del teatro más
renovadores que había en Cataluña y en el resto de España. Muchos de los
compañeros de clase se han convertido en actores conocidos, como Andreu
Benito o Lluís Homar. Me fui a Polonia para ver el teatro polaco, que
estaba de moda y tenía mucha influencia en la expresión corporal y la
pantomima. Vi obras de Jerzy Grotowski, que era un mito, la parte más
legendaria del teatro europeo. Durante ese viaje visité Cracovia,
Varsovia y conocí el gran castillo de los caballeros teutónicos,
Malbork. Todo lo hice en tren. Son cosas que cuando vienes de la
Barcelona de los años 70, con el franquismo todavía, suponen un
descubrimiento. Entonces la gente no viajaba. Ir a Londres era el
equivalente a ir hoy a Estados Unidos o Australia. —Allí se encontró con la Segunda Guerra Mundial.
—Ya
entonces me interesaba mucho, porque era otro de los pilares de mis
intereses. La influencia me viene por cuestiones personales. Mi padre
conoció a Otto Skorzeny, el jefe de los comandos de Hitler, por
casualidades familiares, porque mi tío abuelo había sido oficial en la
División Azul y había luchado en Rusia. Él contaba historias impactantes
sobre la Segunda Guerra Mundial. Desde que era un niño viví toda la
historia de la División Azul y la guerra en Rusia en primera persona a
través de sus relatos. A él le hirieron en el frente, donde participó en
operaciones bastantes cruentas. Nos explicaba que había estado en
posiciones intermedias durante los ataques rusos y que participó en
golpes de mano contra ellos cuerpo a cuerpo, con cuchillo y pala. ¡Esto
configura un imaginario! Todas las Navidades venía a casa, y mientras
trinchaba el pavo, a mi hermano y a mí, que estábamos deseosos de
conocer historias, pues nos contaba las suyas en el frente ruso. Desde
los 7 u 8 años escuchaba esos relatos de los tanques T-34 chafando a la
gente. Esto te lleva a interesarte por la guerra. Me hablaban de Otto
Skorzeny, y de cómo les explicó en primera persona el rescate de
Mussolini del Gran Sasso. Claro, oías estos relatos casi como si fueran
cuentos infantiles. Luego empecé a leer cosas desde muy temprano sobre
la Segunda Guerra Mundial, gracias a una amiga de mi madre que era
alemana y que, más adelante, me enteré de que había estado relacionada
con la red de Odessa, a través de la cual los nazis pasaban a América
del Sur. Estaba vinculada con una empresa de transporte que había en
España y trabajaba para ellos. Ella me regalaba libros, por ejemplo, el
primer libro que yo leí de Cornelius Ryan, que iba sobre la caída de
Berlín y en el cual ya explicaba el tema de las violaciones de las
mujeres alemanas por parte de las tropas rusas y todas las locuras de
Hitler en el último momento. Era una especie de “pre-Antony Beevor” y
que yo ya leía por esos años.
—¿Y la Guerra Civil española?
"Mi
tío abuelo era una especie de “pre-Falcó”, porque, además, él era muy
cínico, como el personaje de Pérez-Reverte. Acabó arruinando a la
familia y trabajando en un serpentario en Brasil"
—Mi
tío abuelo había estado en ella como espía infiltrado en Cataluña por
parte de la inteligencia franquista. Había estado en el servicio de
inteligencia republicano, pero como agente de los otros. Era una especie
de “pre-Falcó”, porque, además, él era muy cínico, como el personaje de Pérez-Reverte.
Acabó arruinando a la familia y trabajando en un serpentario en Brasil,
con lo que me conecta con las serpientes. Y es justo a este tío abuelo,
que estuvo en la División Azul, a quien le gustaba mucho el Egipto
antiguo. De hecho, conectó con algunos de los grandes especialistas que
había en esos momentos. Yo conservo libros firmados y dedicados a él por
estos estudiosos que hoy son figuras importantes. En el fondo tu
cultura proviene de la casualidad, es el aluvión de influencias que has
tenido en tu vida. —También pasó por la veleidad de ser misionero.
—(risas)
Es cierto. Estuve en un colegio de curas, como casi todos por entonces,
excepto aquellos que tenían la suerte de que sus padres fueran unas
personas más laicas. Yo crecí en un ambiente muy católico. El de esos
años. De niño, confundía la vocación religiosa con las ganas de viajar,
porque ahí te explicaban el Domund, las misiones… Para mí las misiones
era una vocación antropológica más que religiosa. Este sentimiento
religioso que podía tener es lo que después me acercó a la poesía,
porque en el momento en que te despojas de la religión es muy fácil que
ese lugar sea ocupado por la lírica, con la poesía, que me gusta mucho.
Mi padre era un gran amante de la poesía clásica. Incluso escribió algún
libro sobre crítica literaria y recitaba todo el día. De las familias
heredas las locuras y algunos de los tesoros culturales que más te
marcan. Aunque a veces es difícil saber qué parte es locura y cuál una
herencia aprovechable. —¿Qué aprendió de estas vivencias?
"Lo que me fascina del nazismo es cómo la gente puede dejarse arrastrar hasta esos límites de maldad"
—La
muerte de mi abuelo fue un gran misterio. Se presentaba como una muerte
heroica y no lo fue. Este claroscuro lo sueles proyectar en tu
personalidad. Al igual que, en realidad, mi tío abuelo luchara con los
malos. Me di cuenta entonces de lo que había en muchas de las lecturas
que había hecho de joven. Pienso en Hans-Ulrich Rudel, un piloto de
Stukas, que después estuvo montando la aviación de Perón, refugiando
alemanes allí y que era un verdadero nazi. Leías de pequeño sus libros y
te identificabas con él, pero cuando creces depuras todo eso. Yo tuve
la suerte de leer muy pronto a Leon Uris, un clásico de la novela
popular, que era judío y te presentaba una versión diferente de la
Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. Enseguida entendí quiénes eran
los buenos y los malos. Nunca tuve ninguna duda a este respecto. Pero
eso no quiere decir que no sientas una fascinación, y esa fascinación
tiene que ver con el mal. Lo que me fascina del nazismo es cómo la gente
puede dejarse arrastrar hasta esos límites de maldad. Este es mi
interés. En ocasiones la gente me pregunta: “¿Pero por qué te interesan
tanto los nazis, Hitler y la historia del nazismo?”. Bueno, pues no es
más que la fascinación por la maldad. —El 23-F le tocó haciendo la mili y le enviaron al Congreso.
—(risas)
Si eso no es estar en el lugar inapropiado en el momento más
inadecuado… Cuando sucede eso, vives experiencias fuertes. Fue una
verdadera casualidad estar destinado en El Pardo y justo en ese preciso
año. Como tuve una fascinación por lo militar, que proviene por mi
interés para comprender el fenómeno de la guerra, en la cual figuraron
algunos antepasados míos, pues lo viví de una manera especial. Cuando
haces el servicio militar te das cuenta de que todos tus sueños bélicos o
heroicos no se corresponden con la realidad, que lo que tienes es un
romanticismo que no tiene que ver con el servicio militar. Pero ni aquí
ni en Gran Bretaña. He amado siempre los clásicos de la aventura en las
que figura con asiduidad el ejército británico, como Tres lanceros bengalíes,
y todo eso está bien leerlo, pero sabiendo también cuál es la realidad
del ejército. Pero la atracción por la aventura continúa estando ahí,
porque el tema de la cobardía y el valor están muy presentes. Ha estado
mucho en la tradición británica. Admiro a la gente que no tiene miedo,
pero creo que, en el fondo, no tener miedo es un vacío. Porque es una
experiencia primordial. El problema básico es la escala del miedo: el
paralizante, o aquel que te sirve para entender las cosas y para huir de
las cosas que no puedes resolver. La dicotomía valor/cobardía es
fundamental, no solo en la literatura o la historia, sino en la vida de
cada uno de nosotros.
TITULO:
POLICÍAS EN ACCIÓN - Un muerto y una crónica,.
Un muerto y una crónica,.
El periodismo de sucesos versa en realidad sobre lo que mueve al ser humano: el amor, el dinero o el poder,.
foto / La comitiva judicial y los Mossos en el lugar del tiroteo en la Meridiana.
“¿Trabajas?”. Cuando recibo el mensaje, cojo aire: es domingo 1 de
enero a las diez de la noche, mi último día de vacaciones. Con
resignación, cierro el Ipad donde veía la serie The Oa. Al
principio, la información es difusa: un tiroteo con uno o más muertos en
la entrada de la avenida de Meridiana de Barcelona. El regreso al
trabajo es atropellado, anticipado y con deudas, entre ellas esta
crónica.
Hay
quien habla de una pelea en un bar que acaba a tiros. Pero la dueña
enseguida lo niega. En poco más de una hora, lo más básico queda claro:
un hombre de 32 años ha sido asesinado, otro de unos 30 está herido
crítico, y una joven de 22 ha recibido el rebote de una bala en la
pierna. Les han disparado cuando iban en coche. Son todos dominicanos.
El día siguiente es un día de calle. De la avenida de Meridiana,
donde dos jóvenes me mienten cuando dicen que no conocen a las víctimas.
Los demás son vecinos que solo oyeron gritos o vieron a una joven
sangrando. Algunos explican como propio lo que han dado en televisión.
Otros te animan a que leas a algún medio de la competencia, “que ya lo
cuenta todo”.
De allí, al Instituto de Medicina Legal, donde tras varias
intentonas, nadie te recibe. Se prueba suerte esperando en la puerta,
por si alguno de los que sale es el médico forense. No caerá esa breva.
Una fortuna similar se corre en los juzgados. La jueza que estaba de
guardia el domingo acaba de irse. Bingo. Por no mencionar lo del secreto
de sumario. En el hospital tampoco hay nada: ni en urgencias, ni en el
bar, ni en planta, ni en ningún sitio hay rastro de familia, amigos o
conocidos de las víctimas.
Vuelvo a la redacción con la libreta llena de “no tengo ni idea”;
“solo pasamos por aquí”, “no te puedo decir nada”, “estoy de
vacaciones”… Pero el diario vive ajeno a mi fracaso. Todo son
felicitaciones de año nuevo, besos, abrazos y alguna noticia de mi
interés. En mi ausencia, desde Madrid han publicado un tema en el que yo
trabajaba. Bien. Tampoco se tuvo en cuenta otro tema que debía haber
salido. Bien también.
El martes lo veo clarísimo. Después de dos desayunos, 12
conversaciones telefónicas, y una sugerente llamada de mi jefe, “cuando
puedas hablamos de los temas de la semana”, lo que necesito es correr.
Me calzo las bambas y bajo hasta la playa, donde me cruzo con varios
grupos que ruedan más rápido y mejor. Pienso en Murakami, no en lo de
que no le hayan dado el Nobel, sino en lo de por qué corremos.
Regreso dispuesta a rastrear a todos los dominicanos de Barcelona, de
España y, por qué no, de parte del extranjero. Salto de la muerte de El
Turco, asesinado en una discoteca latina el 22 de abril en Barcelona,
al caso en noviembre de otro dominicano, hallado muerto con varios
balazos dentro de un coche en Hospitalet. Los Mossos sospechan que lo de
la Meridiana es una venganza.
Sigo dándole vueltas. Pienso en el vídeo con los dos hombres
desplomados dentro del coche, que alguien colgó justo después del
crimen. Decidimos no publicarlo. Encuentro otro vídeo en el que salen
las tres mujeres justo después del tiroteo. Gritan, lloran, llaman por
teléfono… Tampoco lo difundimos.
“Se te ve muy tranquila, ya debes tener escrita la crónica”, me
interrumpe con socarronería un compañero. Lo miro por encima del
ordenador y le sonrío pensando en aquella ya mítica frase de la Pantoja
(“dientes, dientes”). Es ya miércoles. No avanzo en el caso de la
Meridiana. No avanzo en la crónica. No avanzo corriendo. Cojo las cosas y
me voy. De camino al ascensor, me encuentro a mi mentor: “¿Qué? ¿Tienes
ya la crónica?”, me pregunta sonriente. Clavo la mirada en el suelo y
dejo que las puertas se cierren.
El jueves es el día. “Tienes una apertura esperándote”, me recuerda
mi jefe. Y no es ni el crimen de la Meridiana, ni es la crónica, ni es
el tercer tema que creí tener atado hasta que descubrí con sonrojo que
lo había publicado ya otro medio. Corro de nuevo. Esta vez pienso en los
sucesos.
¿Qué es el periodismo de sucesos? Una amiga muy dada a mezclar a
gente variopinta usa siempre la misma fórmula para presentarme, a su
entender muy exitosa: “Es periodista, escribe de los asesinatos y
desgracias que pasan. Pregúntale lo que quieras, lo sabe todo”. Yo
prefería cualquier otra presentación. Incluso que no me presentase.
El periodismo de sucesos versa en realidad sobre lo que mueve al ser
humano: el amor, el dinero, el poder… Detrás de lo que se titula Tiroteo en la Meridiana, Macroperativo antidroga en La Mina o Redada contra la prostitución en La Rambla
hay personas, con una historia pasada que explican una realidad
presente. Un terreno inequívocamente resbaladizo, donde cabe una
información seria y rigurosa. ¿Interesa el periodismo de sucesos? A
juzgar por las audiencias (que no lo son todo), sí.
Y sigo corriendo, ya de camino a la redacción, con las energías
renovadas y las preocupaciones intactas. ¿Y la crónica? ¿Y la apertura?
¿Y Delmy? ¿Quién es en realidad Delmy? ¿Por qué nadie quiere hablarme de
él?,.
TITULO: 3 RAZONES CON - Garzones y pavonas ,.
Garzones y pavonas,.
El
futuro ministro de Consumo, salvo sorpresa, borró un tuit donde
escribió: «El único país cuyo modelo de consumo es sostenible y tiene un
desarrollo humano alto es... Cuba»,.
Alberto Garzón, durante el debate de investidura. / foto,.
Lo
he contado mil veces, pero cada día hay algo que me hace recordarlo.
Como ahora parece que hay que recordar frente al actual PSOE hinchado de
Historia las palabras de Indalecio Prieto en 1942 sobre octubre de
1934: «Me declaro culpable, ante mi conciencia, ante el Partido
Socialista y ante España entera, de mi participación en aquel movimiento
revolucionario. Lo declaro como culpa, como pecado, no como gloria».
Según Julián Marías, «la República murió entonces. Fue la negación de la
democracia, al no aceptar el resultado de unas elecciones limpísimas».
Que ahora salen los presuntos herederos de Prieto con la cantinela del
golpismo de la derecha actual porque grita en el Congreso y quiere ir a
los tribunales. Y Sánchez diciendo que va a acabar con las fake news.
Vuelto
a la historieta. Es la del viejo comunista que soltó muy serio a un
amigo mío periodista: «Ayer te vi entrar en El Corte Inglés». Lo que
siempre me ha parecido la salida de tono de un extravagante es hoy
Alberto Garzón en el Gobierno de España. Alberto Garzón, futuro ministro
de Consumo salvo sorpresa, borró un tuit donde escribió: «El único país
cuyo modelo de consumo es sostenible y tiene un desarrollo humano alto
es... Cuba». Amárrame los pavos. Cuando murió Fidel también quedó claro
lo suyo: «Tenemos que seguir luchando por sus ideales». Tampoco nos
vamos a sorprender. Este señor sale a veces como el político más
valorado de España. Y yo me pregunto si en ese momento de la
preguntadera España se levanta comunista, ista, ista, o le ha dado un
aire.
Garzón
tendrá las competencias de las casas de apuestas. Una verdadera
preocupación social. Como un Gobierno de garzones y pavonas. Con todo,
prefiero este Garzón que el hermano economista de fantasía o el amigo de
la ministra. Me voy a El Corte Inglés a darle al consumo. Ya nos dará a
nosotros el Gobierno.
No hay comentarios:
Publicar un comentario